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martes, 5 de noviembre de 2013
«DIARIOS DE AMOR Y MUERTE» DE LUCÍA ARCA SANCHO-ARROYO
Lucía Arca Sancho-Arroyo presenta en Diarios de Amor y muerte: cinco cuentos y un ángel... Y quiero llamar la atención sobre este personaje, por lo especial que resulta, y porque una de sus características es la de la piedad, que como saben va más allá de la justicia. Piedad que no censura, que no busca inocentes ni culpables. La piedad que reconoce cómo son las personas. La piedad que intuye que otra humanidad es posible, y se conduele ante lo frágil de nuestra condición, sin indicarlo siquiera, ni con la pretensión de ofrecer otros caminos, porque la experiencia de cada uno, es única. Ni lo intenta, pues, por ser cómo es, pero también porque entra en juego lo fantástico, lo inverosímil convertido en realidad, aquello que juega a confundirnos con la verdad, mientras las heridas supuran y no cierran o cicatrizan en falso; la vida, en suma, pero también la muerte, sino como deseo como límite ponderable para algunos.
El ángel dice, y así comienza esta hermosa recopilación de cuentos, y los englobo a todos en esa definición, aunque alguno encuadraría mejor dentro de los márgenes del relato, las siguientes palabras:
«Nunca contemplé belleza más sublime que la del ser humano. Pese a su fragilidad, alcanza metas a menudo casi quiméricas. Sin embargo, el observar durante prolongado tiempo a tan gráciles y volubles criaturas ha llevado a más de uno a la locura. Fui un ángel. La complejidad de la humanidad me embriagó de tal modo que decidí cortar mis alas y experimentar lo que bullía sobre la superficie de lo que llaman tierra: la frenética vida». […] «Vi cosas inimaginables aquí abajo. Tan horripilantes como hermosas. Coleccioné vivencias que me hicieron conocer el verdadero dolor, provocando que mis ojos se viesen nublados por algo desconocido para mí en los campos celestiales: las lágrimas, las cuales derramé por cada historia».
Cinco son los cuentos:
El juicio
El extranjero
El fin de la eternidad
Lujuria a medianoche
La última noche
Y la sinopsis dice: «Su error: querer saber. Su castigo: poder sentir». Palabras que representan cabalmente la actitud del ángel.
Hay en esta serie de relatos, en general, una prosa, que en la voz de los personajes nos presenta la realidad, con su crueldad tantas veces deleznable, con sus pequeñas o grandes historias de amor y muerte. A veces, los cuentos se blindan con esa fantasía que hace posible la aparición de vampiros, facilitando esa sensación de que ni la vida ni la muerte son un límite. Y, también, la de que por mucho que uno desee algo, no siempre lo consigue. Para unos, la búsqueda de la eternidad; para otros, acabar con ella, al entrar por fin, en el reino de la muerte.
Como el delicado hilo de un collar, siempre hay una voz que une los relatos, que se eleva y que busca ,y tantas veces halla, ese tono especial: es la voz del ángel, quien se cortó las alas para ver las condiciones en que viven los humanos como un ser humano más. «Llorar cuando estamos tristes, sufrir cuando nos rasguñamos, eso es vida, y si hay vida hay esperanza. Sueños acumulados en el baúl de las cosas por hacer, esperando ser cumplidos y que a menudo acaban yaciendo bajo la lápida que reza “lo que pudo haber sido”». ¿Quién no ha visto esas lápidas? Así se dice en el primer cuento. De parecido significado son las palabras que nos presentan la historia del segundo: «Lo que dijiste, lo que hiciste, lo que pensaste, lo que pudo haber ocurrido, lo que nunca sucederá. Nada importa. Al final de la vida estamos solos, pero incluso en nuestra soledad buscamos estar acompañados». En el primer cuento la violencia, salpica de sangre cada renglón, tal si las imágenes que alguna vez hemos visto en la televisión, esas que envuelven a las víctimas en el dolor más terrible y acerado, y que marcan un antes y un después de un suceso trágico, saltasen —no ya de la pantalla— sino de las conciencias para que sepamos cómo piensan los asesinos. El segundo cuento, nos lleva en una vuelta atrás al pasado, concretamente al año 1843. Se trata de una historia de tintes góticos, con enamorados, vidas difíciles, bosques, y seres mitológicos: «Los sonidos del bosque parecían lejanos. El ruido de las hojas secas al ser aplastadas por las patas de los pequeños animales, el viento azotando las ramas de los árboles y un riachuelo, cuyo fluir constante incrementaba mi sed».
No sé si creen ustedes en algo así como el fin de la eternidad, pero, desde luego para algunos seres, es decir, para algunos de los personajes de estas historias, en su vertiente más fantástica, parece algo imposible de conseguir, como le ocurre a Isadora, una increíble vampira que nació allá por…, pero mejor, escuchémosla a ella: «Nací en 1774, en un pueblecito de la campiña francesa. Un lugar donde el aire olía a hierba fresca, flores silvestres y leche recién ordeñada; un sitio de esos que a muchos les gusta tener retratados en láminas colgando de la pared de su salón, en la campiña». Resulta, que yo no lo sabía, pero los vampiros tienen leyes, y me he podido enterar a través de este cuento de una de esas reglas: «No intimes demasiado con humanos, pues, sus cuerpos se corrompen tanto como sus espíritus». Y es que no cabe duda de que para los vampiros: «Las venas azuladas de los hombres y mujeres que danzaban despreocupados me atraían cada vez más».
Una característica de esta antología es que los cuentos están escritos en primera persona, un modo que tan bien sirve para acercar la historia al lector. También está muy presente la noche, especialmente, en los dos últimos cuentos, pero también en los anteriores, ya sea de forma material o esa otra clase de noche-muerte que es la del alma o la de la conciencia, porque como dirían los griegos, un poco de luz, la justa, por ejemplo la de un rayo en una noche de tormenta, nos permite recordar que el día existe, que la luz lo hará posible al día siguiente. Quizá por eso, los personajes de estos últimos cuentos, derivan entre la realidad y la irrealidad, se bandean entre límites. «No recuerdo absolutamente nada a partir de las tres y media de la madrugada, de hecho, la nada es lo único que llena los espacios que deberían completar mis recuerdos» [...]«Continúo forzando la maquinaria. La tienda, la casa de Yolanda, el sexy barman, y más tarde... fogonazos. Una discoteca, un par de piropos a Susana, tres a Yolanda y unos cuantos más a mí. Una copa como premio. De ahí a otro bar».
Aquí hay cadáveres que no hubieran querido acabar como un cascarón vacío, muertes que se podían o no haber evitado, dolor, amor, vida.
Una obra no tiene que ser extensa, no tiene que llenar mil folios para dejar algo; esta lo consigue, nos toca por dentro, ya sea para acercarnos nuestra frustrada humanidad o nuestra esperanza fatigada. Y si más allá de cualquier intención literaria, hubo o no, el propósito de conseguir que las palabras rocen nuestros corazones, es algo que solo podremos saber tras la lectura. Por esta razón y por varias más, la recomiendo, especialmente.
Otras obras de la autora en Amazon: Clanes —Los iniciados— .
Visita la página web de la autora o su blog en el siguiente enlace.
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Cuento,
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TRABAJOS GANADORES CONCURSOS "SOBRE LITERATURA FANTÁSTICA", 2013.
EL HAMBRE de Cynthia J. Monalvo Martínez
“…quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil
para hacer de ellos miembros cabales y útiles del estado, merecería tanto
agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como
protector de la Nación.”
Jonathan Swift, Una modesta proposición
¿Cuántos baldes de lejía se necesitan para limpiar la sangre de un sacerdote? ¿Cuántos baldes necesitaría para disolver los fragmentos de cerebro, la grasa y los excrementos? El joven dejó de empujar el pesado trineo y se agachó ante uno de los recipientes. Recibió la punzada árida y severa en la nariz con los ojos cerrados: aquel olor lo convencía cada vez más de dejar el cuerpo del padre Mors tan limpio como la losa del monasterio del cual lo había secuestrado, acaso igual o más limpio que el color de la nieve que los circundaba en ese claro de bosque. Miró los dos garfios y las dos cadenas gruesas que había traído consigo, sus propias manos enguantadas contra el frío y las pequeñas huellas que se perdían por entre los árboles hacia la iglesia.
—¡Llegó su hora, cardenal! —dijo en voz alta, y el fardo húmedo que aún yacía en el trineo se estremeció. El joven lo apartó y el padre Mors, quien se retorcía en la ansiedad de la huida, emitió un grito que fue sofocado por una mordaza. Jochen miró por entre las ramas desnudas de unos arbustos, hacia el granero de piedra en donde los frailes guardaban la comida. El cobertizo permanecía en silencio, parcialmente sepultado por la nieve, pero Jochen vio las huellas de pies diminutos y su mano se apoyó en el fardo que llevaba atado a su costado. Con dolor en el pecho, creyó entrever las huellas de barrotes en las únicas ventanas, así como también en la puerta principal.
Extrajo de su cinto un papel que desdobló y colocó ante los ojos desorbitados e inyectados de sangre del hombre: en él se mostraron nombres garabateados por las manos de un centenar de hombres y mujeres que habían desaparecido o muerto en búsqueda de los inocentes.
—¿Dónde están, padre?—preguntó Jochen en voz alta y lenta.
El padre Mors dejó salir un quejido tembloroso y un par de lágrimas se deslizaron a ambos lados de su nariz gruesa y morada de frío. Al amarrarlo y sacarlo de la iglesia aquella madrugada había sollozado el hostem repéllas longius de las oraciones de emergencia, pero Jochen no había mostrado misericordia.
—Por favor… por favor, no grites... —suplicó, pero Jochen insistió mientras amarraba las cadenas en torno a un árbol cercano.
—¡Dígame dónde están!
—No puedo violar mi silencio —murmuró el anciano—. No nos lo perdonarán...
Jochen apretó los dientes, respiró hondo y empalideció. Despojó al sacerdote de la protección de la sábana y descubrió su cuerpo pálido, de extremidades amoratadas y de cicatrices de cilicio en el pecho y los hombros.
—La guerra con los rebeldes nos condenó al hambre y al frío, cardenal —dijo el joven entre dientes—, y las tormentas mataron a nuestros padres. Cientos de nosotros debimos caminar a la única iglesia que quedaba en pie en todo el poblado. A su iglesia, padre. Usted y la abadesa de Opfern nos recibieron con comida y albergue y nos hicieron creer que cuidarían de nosotros…
—¡Y lo hicimos! ¡Los mantuvimos a salvo del enemigo, de la maldita guerra! —exclamó el cardenal Mors, su respiración condensándose en nubecillas blancas, sus ojos en blanco por la tortura del frío asentándose en su cuerpo y provocándole una erupción de capilares rotos en la piel—. Prometimos cuidar del estado, de nuestra gente…
—Una proposición admirable y modesta, ¿ah, padre? —rió Jochen, y arrojó sobre el pecho del hombre el contenido de su fardo: un montón de falanges, metacarpos y fíbulas fragmentadas, de origen que sabía humano por la experiencia y por la carne aún adherida a sus curvaturas—. Totalmente altruista. Si los ha cuidado también, ¿por qué encontré esto en las catacumbas?
—No pudimos salvarlos a todos. Debes entender eso. El hambre… el hambre nos devastó a todos… —murmuró el cardenal, y Jochen supo que sus temores eran fundados. El joven entonces tomó los garfios en sus manos y ojeó los tobillos rígidos e hinchados del hombre tendido en el trineo. Con el mismo gesto de sus antepasados cazadores de osos y renos, Jochen apuñaló con brutal precisión el espacio entre el astrágalo y el calcáneo del pie izquierdo. A pesar de la gangrena y la debilidad de su respiración, el cardenal gritó de dolor. Fue poco después de haber engarfiado el otro pie y preparado el mecanismo de las cadenas que una llovizna de escarcha cayó de los arbustos y Jochen escuchó el crujir de la nieve en la ladera del bosque.
Percibió el celaje de cuerpos ligeros aglomerarse en torno al claro con gran alborozo en el corazón: eran los niños. Soltó las materias de su caza, con el corazón bombeando alborozado ante los cuerpecitos refugiados en el gris de las ramas, en el blanco de los montículos de nieve, en los ramajes del hielo destilando agua a la orilla de posibles caminos entre los árboles. El líder, una criatura desgarbada y de ojos grises como piedras, extendió una mano cubierta de llagas, cauterizada por el frío. En esa mano sostenía un cuenco de barro vacío, en el cual Jochen vio huesillos de pájaro, fragmentos de raíz y hojas primaverales que le parecieron rastros de esperanza.
—¿Qué creen, niños? ¿Cuántos baldes se necesitan? —sonrió Jochen, enloquecido por su suerte de héroe, de rescatador de niños, de rectificador de circunstancias inhumanas. Pero el niño sacudió la cabeza y señaló las escudillas que aguardaban a la vera del camino. Los otros niños, como si obedeciesen una orden no hablada, hicieron lo propio. Entonces el sacerdote, que ya agonizaba sobre el trineo, dijo sus últimas palabras.
—Por favor… por favor, huya…
Jochen escuchó el resorte brusco de una trampa bajo sus pies y su cuerpo se asentó con un crujido sobre los barrotes que los niños habían dispuesto en filas para cazar su alimento.
La autora: Cynthia Montalvo Martínez reside en Utuado, Puerto Rico y actualmente está cursando estudios de maestría en Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce, Puerto Rico. Dos de sus poemas escritos en inglés serán publicados en la revista literaria Multicultural Echoes de la Universidad del Estado de California.
Tuit sobre tema "zombies" de Juan José Fernández Balaguer.
Me seguían decenas de zombies. Conseguí entrar en la cabaña y mi esposa gritó de pánico. Me ví en sus ojos. Ella tenía miedo. Yo hambre.
Copyright:
De los textos presentados a concurso, los autores.
Primera foto: derechos adquiridos en Fotolia.
Segunda foto: realizada en Alcalá de Henares. Es de un mural o graffiti.
“…quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil
para hacer de ellos miembros cabales y útiles del estado, merecería tanto
agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como
protector de la Nación.”
Jonathan Swift, Una modesta proposición
¿Cuántos baldes de lejía se necesitan para limpiar la sangre de un sacerdote? ¿Cuántos baldes necesitaría para disolver los fragmentos de cerebro, la grasa y los excrementos? El joven dejó de empujar el pesado trineo y se agachó ante uno de los recipientes. Recibió la punzada árida y severa en la nariz con los ojos cerrados: aquel olor lo convencía cada vez más de dejar el cuerpo del padre Mors tan limpio como la losa del monasterio del cual lo había secuestrado, acaso igual o más limpio que el color de la nieve que los circundaba en ese claro de bosque. Miró los dos garfios y las dos cadenas gruesas que había traído consigo, sus propias manos enguantadas contra el frío y las pequeñas huellas que se perdían por entre los árboles hacia la iglesia.
—¡Llegó su hora, cardenal! —dijo en voz alta, y el fardo húmedo que aún yacía en el trineo se estremeció. El joven lo apartó y el padre Mors, quien se retorcía en la ansiedad de la huida, emitió un grito que fue sofocado por una mordaza. Jochen miró por entre las ramas desnudas de unos arbustos, hacia el granero de piedra en donde los frailes guardaban la comida. El cobertizo permanecía en silencio, parcialmente sepultado por la nieve, pero Jochen vio las huellas de pies diminutos y su mano se apoyó en el fardo que llevaba atado a su costado. Con dolor en el pecho, creyó entrever las huellas de barrotes en las únicas ventanas, así como también en la puerta principal.
Extrajo de su cinto un papel que desdobló y colocó ante los ojos desorbitados e inyectados de sangre del hombre: en él se mostraron nombres garabateados por las manos de un centenar de hombres y mujeres que habían desaparecido o muerto en búsqueda de los inocentes.
—¿Dónde están, padre?—preguntó Jochen en voz alta y lenta.
El padre Mors dejó salir un quejido tembloroso y un par de lágrimas se deslizaron a ambos lados de su nariz gruesa y morada de frío. Al amarrarlo y sacarlo de la iglesia aquella madrugada había sollozado el hostem repéllas longius de las oraciones de emergencia, pero Jochen no había mostrado misericordia.
—Por favor… por favor, no grites... —suplicó, pero Jochen insistió mientras amarraba las cadenas en torno a un árbol cercano.
—¡Dígame dónde están!
—No puedo violar mi silencio —murmuró el anciano—. No nos lo perdonarán...
Jochen apretó los dientes, respiró hondo y empalideció. Despojó al sacerdote de la protección de la sábana y descubrió su cuerpo pálido, de extremidades amoratadas y de cicatrices de cilicio en el pecho y los hombros.
—La guerra con los rebeldes nos condenó al hambre y al frío, cardenal —dijo el joven entre dientes—, y las tormentas mataron a nuestros padres. Cientos de nosotros debimos caminar a la única iglesia que quedaba en pie en todo el poblado. A su iglesia, padre. Usted y la abadesa de Opfern nos recibieron con comida y albergue y nos hicieron creer que cuidarían de nosotros…
—¡Y lo hicimos! ¡Los mantuvimos a salvo del enemigo, de la maldita guerra! —exclamó el cardenal Mors, su respiración condensándose en nubecillas blancas, sus ojos en blanco por la tortura del frío asentándose en su cuerpo y provocándole una erupción de capilares rotos en la piel—. Prometimos cuidar del estado, de nuestra gente…
—Una proposición admirable y modesta, ¿ah, padre? —rió Jochen, y arrojó sobre el pecho del hombre el contenido de su fardo: un montón de falanges, metacarpos y fíbulas fragmentadas, de origen que sabía humano por la experiencia y por la carne aún adherida a sus curvaturas—. Totalmente altruista. Si los ha cuidado también, ¿por qué encontré esto en las catacumbas?
—No pudimos salvarlos a todos. Debes entender eso. El hambre… el hambre nos devastó a todos… —murmuró el cardenal, y Jochen supo que sus temores eran fundados. El joven entonces tomó los garfios en sus manos y ojeó los tobillos rígidos e hinchados del hombre tendido en el trineo. Con el mismo gesto de sus antepasados cazadores de osos y renos, Jochen apuñaló con brutal precisión el espacio entre el astrágalo y el calcáneo del pie izquierdo. A pesar de la gangrena y la debilidad de su respiración, el cardenal gritó de dolor. Fue poco después de haber engarfiado el otro pie y preparado el mecanismo de las cadenas que una llovizna de escarcha cayó de los arbustos y Jochen escuchó el crujir de la nieve en la ladera del bosque.
Percibió el celaje de cuerpos ligeros aglomerarse en torno al claro con gran alborozo en el corazón: eran los niños. Soltó las materias de su caza, con el corazón bombeando alborozado ante los cuerpecitos refugiados en el gris de las ramas, en el blanco de los montículos de nieve, en los ramajes del hielo destilando agua a la orilla de posibles caminos entre los árboles. El líder, una criatura desgarbada y de ojos grises como piedras, extendió una mano cubierta de llagas, cauterizada por el frío. En esa mano sostenía un cuenco de barro vacío, en el cual Jochen vio huesillos de pájaro, fragmentos de raíz y hojas primaverales que le parecieron rastros de esperanza.
—¿Qué creen, niños? ¿Cuántos baldes se necesitan? —sonrió Jochen, enloquecido por su suerte de héroe, de rescatador de niños, de rectificador de circunstancias inhumanas. Pero el niño sacudió la cabeza y señaló las escudillas que aguardaban a la vera del camino. Los otros niños, como si obedeciesen una orden no hablada, hicieron lo propio. Entonces el sacerdote, que ya agonizaba sobre el trineo, dijo sus últimas palabras.
—Por favor… por favor, huya…
Jochen escuchó el resorte brusco de una trampa bajo sus pies y su cuerpo se asentó con un crujido sobre los barrotes que los niños habían dispuesto en filas para cazar su alimento.
La autora: Cynthia Montalvo Martínez reside en Utuado, Puerto Rico y actualmente está cursando estudios de maestría en Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce, Puerto Rico. Dos de sus poemas escritos en inglés serán publicados en la revista literaria Multicultural Echoes de la Universidad del Estado de California.
Tuit sobre tema "zombies" de Juan José Fernández Balaguer.
Me seguían decenas de zombies. Conseguí entrar en la cabaña y mi esposa gritó de pánico. Me ví en sus ojos. Ella tenía miedo. Yo hambre.
Copyright:
De los textos presentados a concurso, los autores.
Primera foto: derechos adquiridos en Fotolia.
Segunda foto: realizada en Alcalá de Henares. Es de un mural o graffiti.
viernes, 1 de noviembre de 2013
RESULTADOS CONCURSOS "SOBRE LITERATURA FANTÁSTICA", 2013
Se recibieron 127 cuentos y 72 tuits; una gran parte de ellos nos llegaron desde los países iberoamericanos.
El jurado estuvo compuesto por los escritores Pablo Martínez Burkett, Sandra Bar y Salvador Ortíz Serradilla.
Ha continuación pueden ver la lista de finalistas.
Los ganadores de los respectivos concursos han sido: Cynthia J. Monalvo Martínez en el apartado de cuento y Juan José Fernández Balaguer en el apartado de tuits de tema zombie.
FINALISTAS CONCURSO DE CUENTOS:
1. El hambre de Cynthia J. Monalvo Martínez
2. El abrigo negro de Francisco Escaño Sanchez
3. Depradación de Roger Vilar
4. Mundo perfecto de Yamundu Aguilera
5. Ángeles caines de Federico Rivero Scarini
6. Criaturas celestiales de Francisco Manuel Marco Roldán
7. Los que son de Inés Mitsou Errandonea
8. La ruta Raúl Alejandro López Nevado
9. Cuando el miedo viene a buscarte de Susana Angélica Orden
10. El sepulturero de Mozart de Carlos José Acuña Gómez
11. Lo que el cuervo vino a contarnos de Cruz José Fernández
OBRA GANADORA:
El hambre de Cynthia J. Monalvo Martínez
FINALISTAS CONCURSO DE TUITS:
Resultaron finalistas dos tuits, uno de Juan José Fernández Balaguer y otro de Soledad Núñez, quedando como ganador el primero.
OBRA GANADORA:
Un tuit enviado por Juan José Fernández Balaguer
Nota:
En breve publicaremos el cuento y el tuit que resultaron ganadores. Gracias a todos por su participación y al jurado, muy especialmente, por su dedicación.
jueves, 24 de octubre de 2013
"LOS OJOS DE LA DIVINIDAD" DE PABLO MARTÍNEZ BURKETT
Presentación en Buenos Aires del libro Los ojos de la divinidad (Ed. Muerde Muertos)de Pablo Martínez Burkett. Obra de la que esperamos ofrecerles próximamente una reseña. Mientras tanto, les dejamos con el enlace a la presentación. (En la foto, los escritores José María Marcos, Héctor Álvarez Castillo, Pablo Martínez Burkett, y Juan Guinot).
Enlace al artículo "Por qué escribo,cómo escribo" de Pablo Martínez Burkett en la revista colombiana de Ciencia Ficción, Cosmocápsula.
lunes, 23 de septiembre de 2013
«LOS SIETE MENSAJEROS Y OTROS CUENTOS» DE DINO BUZATTI
Por: Pilar Alberdi
Decía Franz Kafka: «A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar».
Es siempre un placer recordar la obra de Dino Buzatti (1906-1972). Tengo en mis manos un conjunto de sus relatos publicados hace tiempo por Alianza Editorial, entre los que se encuentran Los siete mensajeros, Siete plantas, Tormenta en el río, La capa, La matanza del dragón, Noticias falsas, Miedo en la Scala, Una gota, La canción de guerra, El pasillo del gran hotel, Imitaciones superfluas, El hundimiento de la Baliverna, Algo había pasado, El derrumbamiento.
Como las lecturas siempre hablan más de uno mismo que de la obra del escritor, tengo que decir que siento preferencia especial por Los siete mensajeros y por Siete plantas.
Al autor se lo compara muchas veces con Kafka, por la creación de mundos y situaciones absurdas que nos recuerdan nuestra realidad. Sin embargo, son muchos los autores de los años 40 y 50 del siglo pasado que utilizaron el «absurdo», no porque fuese una técnica especial a la que hubiesen llegado tras pasar por distintas etapas artísticas, sino porque la Primera y Segunda Guerra Mundial les obligó a enfrentarse a esa falta de sentido que adquirió la vida. De ahí también el auge del «existencialismo». Utilizaron el absurdo autores tan valiosos como Samuel Beckett o Eugene Ionesco. Ambos nos legaron obras de teatro, sorprendentes, como La felicidad y Esperando a Godot o La cantante Calva y Las sillas, respectivamente.
Los siete mensajeros es un cuento corto que gusta a mucha gente y que nos remite de algún modo a su novela El desierto de los tártaros. La cuestión es la siguiente: parte un príncipe de la tierra de su padre a conocer los territorios del reino que heredará. Selecciona entre los mejores soldados a siete que le servirán de mensajeros y les da a cada uno un nombre que sigue el orden de las letras del alfabeto. A medida que la comitiva avanza, los mensajeros parten a llevar noticias del viaje y a traerlas. Pero cada vez este tiempo de la reunión con el enlace se demora más. Llega un punto en que son 7 años y aún serán muchos más. Son cartas que van y vienen. Probablemente, para quienes son jóvenes y no han necesitado utilizar el correo convencional, tal y como lo conocimos los mayores, les resulte difícil de comprender cuánto se puede desear la llegada de una carta en la que esperamos noticias de seres amados, o cómo las cartas podían cruzarse y había que esperar a la siguiente. Quien lea a los escritores del siglo XX como el grupo de Bloomsbury, sabrá por sus obras (diarios, novelas), y también por otros muchos escritores anteriores y de su época, que entre ellos se enviaban abundante correspondencia diaria.
Añado como curiosidad que a mediados del siglo XX una carta a Sudamérica enviada desde Europa podía tardar quince días. Y en esa época era tan caro viajar en avión que la mayoría de las personas lo hacían en transatlánticos. Hoy,esa misma carta llega en cinco días, y un mensaje por Internet en un instante.
Pero volvamos a la historia de ese cuento, llega un punto en el que el príncipe calcula que el último mensajero que puede enviar al reino de su padre, llegará de regreso treinta y cuatro años después. En ese momento, el príncipe contará setenta y dos años, si es que aún vive. Igual decide mandarlo, y por él sabrá conocerá la notica de que su padre ha muerto, su hermano se sienta en el trono y que a él, viajero incansable, lo dan por muerto.
Como ya no hay vuelta atrás, como no tiene edad para regresar, decide enviar a sus mensajeros hacía adelante, hacía las nuevas tierras a las que podrá acceder o quizá no, de tal modo que aunque no llegase en persona a ellas, tuviese algunas noticias.
Indudablemente este cuento es una alegoría de la vida. Una vez iniciado el camino sólo nos queda el futuro. Y este es el mensaje subliminal que cada uno entiende desde sus experiencia personal.
Otro cuento que me gusta mucho de esta colección es Siete plantas, en una época en donde era común que los médicos enviasen a los enfermos a sanar en balnearios o clínicas especializadas, en el sitio al que acude el enfermo de esta historia, se destina a los pacientes según su gravedad a distintas plantas. Por una serie de situaciones y equívocos, el protagonista que había llegado a la planta de los válidos, acabará en la de los moribundos.
Y si alguien cree que he contado algo se equivoca, porque a estos cuentos de Dino Buzatti, hay que leerlos para disfrutarlos. Son, al menos varios de los que me gustan, como esas novelas en las que el escritor ofrece todos los datos, y sin ocultar nada desde el principio, resulta que por el interés que nos despierta la historia, aún después del final sigue habiendo misterio. Pienso por ejemplo, en ese otro cuento de esta misma colección titulado Tormenta en el río, ahí vemos cómo pasan por la vida las personas, y esa pequeña historia sobre generaciones que se suceden en el tiempo, nos conmueve. Hablan las plantas, los insectos, nos lo dice el narrador con una prosa serena y apacible, mientras nos lleva de la mano hacia la orilla de un río y hacia las pequeñas vidas que lo habitan. Allí, las plantas saben lo que va a pasar, lo que les ocurre a los humanos, lo que ha pasado siempre, que los viejos desaparecen, aunque en esta ocasión comprenderán que no siempre es así. Este tema de las pérdidas también aparece en su cuento La capa.
En resumen, fantasía y realidad ,y sobre todo calidad.
Decía Franz Kafka: «A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar».
Es siempre un placer recordar la obra de Dino Buzatti (1906-1972). Tengo en mis manos un conjunto de sus relatos publicados hace tiempo por Alianza Editorial, entre los que se encuentran Los siete mensajeros, Siete plantas, Tormenta en el río, La capa, La matanza del dragón, Noticias falsas, Miedo en la Scala, Una gota, La canción de guerra, El pasillo del gran hotel, Imitaciones superfluas, El hundimiento de la Baliverna, Algo había pasado, El derrumbamiento.
Como las lecturas siempre hablan más de uno mismo que de la obra del escritor, tengo que decir que siento preferencia especial por Los siete mensajeros y por Siete plantas.
Al autor se lo compara muchas veces con Kafka, por la creación de mundos y situaciones absurdas que nos recuerdan nuestra realidad. Sin embargo, son muchos los autores de los años 40 y 50 del siglo pasado que utilizaron el «absurdo», no porque fuese una técnica especial a la que hubiesen llegado tras pasar por distintas etapas artísticas, sino porque la Primera y Segunda Guerra Mundial les obligó a enfrentarse a esa falta de sentido que adquirió la vida. De ahí también el auge del «existencialismo». Utilizaron el absurdo autores tan valiosos como Samuel Beckett o Eugene Ionesco. Ambos nos legaron obras de teatro, sorprendentes, como La felicidad y Esperando a Godot o La cantante Calva y Las sillas, respectivamente.
Los siete mensajeros es un cuento corto que gusta a mucha gente y que nos remite de algún modo a su novela El desierto de los tártaros. La cuestión es la siguiente: parte un príncipe de la tierra de su padre a conocer los territorios del reino que heredará. Selecciona entre los mejores soldados a siete que le servirán de mensajeros y les da a cada uno un nombre que sigue el orden de las letras del alfabeto. A medida que la comitiva avanza, los mensajeros parten a llevar noticias del viaje y a traerlas. Pero cada vez este tiempo de la reunión con el enlace se demora más. Llega un punto en que son 7 años y aún serán muchos más. Son cartas que van y vienen. Probablemente, para quienes son jóvenes y no han necesitado utilizar el correo convencional, tal y como lo conocimos los mayores, les resulte difícil de comprender cuánto se puede desear la llegada de una carta en la que esperamos noticias de seres amados, o cómo las cartas podían cruzarse y había que esperar a la siguiente. Quien lea a los escritores del siglo XX como el grupo de Bloomsbury, sabrá por sus obras (diarios, novelas), y también por otros muchos escritores anteriores y de su época, que entre ellos se enviaban abundante correspondencia diaria.
Añado como curiosidad que a mediados del siglo XX una carta a Sudamérica enviada desde Europa podía tardar quince días. Y en esa época era tan caro viajar en avión que la mayoría de las personas lo hacían en transatlánticos. Hoy,esa misma carta llega en cinco días, y un mensaje por Internet en un instante.
Pero volvamos a la historia de ese cuento, llega un punto en el que el príncipe calcula que el último mensajero que puede enviar al reino de su padre, llegará de regreso treinta y cuatro años después. En ese momento, el príncipe contará setenta y dos años, si es que aún vive. Igual decide mandarlo, y por él sabrá conocerá la notica de que su padre ha muerto, su hermano se sienta en el trono y que a él, viajero incansable, lo dan por muerto.
Como ya no hay vuelta atrás, como no tiene edad para regresar, decide enviar a sus mensajeros hacía adelante, hacía las nuevas tierras a las que podrá acceder o quizá no, de tal modo que aunque no llegase en persona a ellas, tuviese algunas noticias.
Indudablemente este cuento es una alegoría de la vida. Una vez iniciado el camino sólo nos queda el futuro. Y este es el mensaje subliminal que cada uno entiende desde sus experiencia personal.
Otro cuento que me gusta mucho de esta colección es Siete plantas, en una época en donde era común que los médicos enviasen a los enfermos a sanar en balnearios o clínicas especializadas, en el sitio al que acude el enfermo de esta historia, se destina a los pacientes según su gravedad a distintas plantas. Por una serie de situaciones y equívocos, el protagonista que había llegado a la planta de los válidos, acabará en la de los moribundos.
Y si alguien cree que he contado algo se equivoca, porque a estos cuentos de Dino Buzatti, hay que leerlos para disfrutarlos. Son, al menos varios de los que me gustan, como esas novelas en las que el escritor ofrece todos los datos, y sin ocultar nada desde el principio, resulta que por el interés que nos despierta la historia, aún después del final sigue habiendo misterio. Pienso por ejemplo, en ese otro cuento de esta misma colección titulado Tormenta en el río, ahí vemos cómo pasan por la vida las personas, y esa pequeña historia sobre generaciones que se suceden en el tiempo, nos conmueve. Hablan las plantas, los insectos, nos lo dice el narrador con una prosa serena y apacible, mientras nos lleva de la mano hacia la orilla de un río y hacia las pequeñas vidas que lo habitan. Allí, las plantas saben lo que va a pasar, lo que les ocurre a los humanos, lo que ha pasado siempre, que los viejos desaparecen, aunque en esta ocasión comprenderán que no siempre es así. Este tema de las pérdidas también aparece en su cuento La capa.
En resumen, fantasía y realidad ,y sobre todo calidad.
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miércoles, 26 de junio de 2013
ADIÓS A JAVIER TOMEO
Hace un par de días falleció el escritor Javier Tomeo(1932-1013), un autor que supo incluir lo fantástico en su obra, porque como bien lo dio a entender, quizá no sabía hacerlo de otro modo. Sin embargo, novelas cortas de su autoría se ganaron una adaptación al teatro y fueron ellas, esas de corte más realista, las que le abrieron las puertas de las editoriales y de Europa.
Entre sus obras:Cuentos perversos, Amado Monstruo, El cazador, La patria de las hormigas...
Algunas frases del autor sobre su vida y su obra:
“Soy aragonés, no puedo escribir más que negro y Buñuel es mi Dios; quizá tuvo la culpa la pintura de Goya”
“En parte, mis personajes son nacidos de mis carencias”.
Muere Javier Tomeo, un monstruo literario
Enlace a información en RTV
Biobibliografía de Javier Tomeo
Entre sus obras:Cuentos perversos, Amado Monstruo, El cazador, La patria de las hormigas...
Algunas frases del autor sobre su vida y su obra:
“Soy aragonés, no puedo escribir más que negro y Buñuel es mi Dios; quizá tuvo la culpa la pintura de Goya”
“En parte, mis personajes son nacidos de mis carencias”.
Muere Javier Tomeo, un monstruo literario
Enlace a información en RTV
Biobibliografía de Javier Tomeo
martes, 20 de noviembre de 2012
OBRAS PARA NIÑOS Y ADOLESCENTES
Queridos amigos: aprovechando que he cambiado la portada de la obra Malefeciu, les recuerdo cuáles son mis obras para niños y adolescentes.
domingo, 22 de enero de 2012
MIS EBOOKS EN AMAZON




Queridos amigos, quería comunicarles que he subido a Amazon varios eBooks, y aún habrá más.
Diario de Clona es una selección de relatos de Ciencia Ficción; El Pantano es una novela de terror; Isla de Nam, que tan buena recepción ha tenido, es una novela corta, mezcla de fantasía y realismo; Los cuadernos de la señora Bell, también es una novela corta, pero más extensa que la anterior, que no dudó gustará a quienes han leído Isla de Nam.
En breve publicaré algunos libros más. Especialmente, novelas largas.
El precio: 0,93 (€)
LES DEJO EL ENLACE A ESTOS EBOOKS EN AMAZON
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lunes, 27 de diciembre de 2010
Antonio J. Manzanedo y Pilar Alberdi en la revista Axxón.

La revista Axxón de Argentina, con dirección de Eduardo J. Carletti, y más de 20 años publicando literatura fantástica, de terror y ciencia ficción, recoge en su Nº 213, mi relato de ciencia ficción Preparando a los muertos. Me acompaña el ilustrador Antonio José Manzanedo , quien me permitió trabajar una historia sobre lo que me inspiraba dicha imagen. La experiencia ha sido gratificante. Aunque el relato haya resultado fuerte, pero no más que lo que nos podemos encontrar en la vida.
Les dejo aquí el inicio del relato y a continuación del mismo el enlace para continuar leyendo.
Preparando a los muertos
Relato de Pilar Alberdi
Ilustración: Antonio José Manzanedo
Se sintió tranquilo cuando le dijeron que esa noche no debía acudir a preparar a los muertos. ¡Por fin una noche que podría salir con los amigos! Los encontraría en la Taberna del Oso Azul, disfrazados de gentes de otras épocas, beberían hasta ver caer las viejas jarras de cerámica extranjera y a continuación sus propias cabezas sobre ellas, y que no viniese el profesor Mercurio con sus ideas locas de que «lo que está ocurriendo afuera nos preocupa a todos». ¿A quién le interesa saber lo que está ocurriendo afuera? ¿Quién vive afuera? Ellos estaban bien ahí abajo. Como canicas en un hoyo, como hormigas en el hormiguero, como lombrices comiendo y excretando tierra, como babosas… Así vivían, con luz artificial, yendo de un lado a otro acompañando a las horadadoras, abriendo túneles y desapareciendo por ellos camino a otro lugar. Y también estaban todos esos androides llenos de barro y agua hasta la cabeza, y no menos sucios que sus propios capataces, recordándoles que fuera, en alguna parte, acaso en algún extraño edificio o viajando por el cosmos, estaban los robots Violent Cara Cobra, y que vendrían a por ellos y los harían papilla como no se comportasen y rindiesen en el trabajo.
—Dicen que a los últimos muertos los encontraron a orillas del Mar Violeta. ¿A quién le importa? Los anteriores los hallaron en Cabeza de Perro, esa montaña tosca y de piedras hurañas que cae al borde del gran precipicio.
—¿Allí donde estuvieron las antiguas ciudades?
—Sí, señor. Las inmundas y asquerosas ciudades. Así las llamaban al final… También las llamaron las solitarias ciudades, las peligrosas… Sí. Y ahora sólo están, bueno, para qué decirlo… Esas… copias.
—¿Copias?
—Copias, sí. Y mañana, ¿dónde las levantarán mañana? —El hombre dejó de preparar unas maderas con las que parecía querer dar forma a un cuadrado. A continuación se pasó el dorso de la mano por la sudorosa y oscura frente y luego se la limpió en el pantalón—. ¿De qué sirve preguntarse eso? Aquí, bajo tierra, todo es humedad y muerte. Como babosas, chico, que no somos más que babosas apestosas, resbalosas y frías. Al menos tan frías como los robots Violent Cara Cobra.
—¿Has visto uno alguna vez?
—¿Qué?
—Un Cara Cobra.
—No. El día que yo vea uno será porque… —Hizo el gesto de cortar el cuello. — Ya sabes. Puro metal y como te roce o levante su manaza sobre ti…
—¡Vaya! Entonces, ¿no has visto uno en toda tu vida?
—Ni creo que tú los veas. Pero si los ves, malo. Serán tus últimos instantes, seguro. —Luego dijo, como si estuviera solo. —Mira éste, queriendo ver un Cara Cobra… Lo último que uno querría ver en la vida, un Cara Cobra. —El chico lo miró inquieto. —¡Venga! A trabajar, muchacho… —El hombre tenía ante sí unos cuerpos. —Estos siempre tropiezan antes de llegar acá —se dijo, mirándoles los moretones y rasguños.
El joven evitó mirarlo a los ojos. Estaba acostumbrado a escuchar y callar. Llamar a eso «tropezar»… Sólo era un eufemismo.
ENLACE DIRECTO AL RESTO DEL CUENTO aquí .
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lunes, 11 de octubre de 2010
ENTREVISTA A JOE ÁLAMO
Por Pilar Alberdi
Fotos: Verónica Leonetti
J. E. Álamo, «Joe» para los amigos, acaba de presentar su último libro Penitencia, publicado por el Grupo AJEC. Su anterior libro, El Enviado, bajo el sello de la misma editorial, fue nominado a los Premios Ignotus del año 2008 en la modalidad de Mejor Antología.
Entre sus nuevos proyectos una novela de zombis «distinta». Como antecedentes podríamos citar, un relato post-apocalíptico en "Fragmentos del Futuro", editorial Espiral, en el 2006, un relato de zombis y vampiros que se publicó en las páginas del especial Sitges de la revista Historias Asombrosas en el año 2009, y el relato, "Mi amada Michelle", que participó en la Antología Z Volumen 2 de la Editorial Dolmen en 2010.
Además, Joe es miembro de NOCTE, la Asociación Española de Escritores de Terror.
¿Una novela de zombis «distinta»? Anticípanos algo.
Nunca me han gustado los zombis, lo digo en serio. O quizás sí, porque el caso es que siento una repulsiva fascinación hacia ellos. Leer libros o ver películas sobre los muertos que caminan me provoca una intensa desazón. Creo que la razón es que veo en ellos una degradación muy realista del ser humano, quiero decir que el zombi me ofrece un reflejo del hombre para nada irreal o fantástica, y eso me inquieta. El ejemplo más revelador para lo que intento explicar es la genial novela La Carretera y también la excelente película que se hizo basada en ella; la mayoría de los seres humanos que parecen en esta obra no son zombis en el estricto sentido de la palabra, pero se comportan como tales y tengo la certeza de que eso es exactamente lo que ocurriría (ocurre) cuando se dan las circunstancias apropiadas.
Mi proyecto “zombi” es distinto porque… ¡Uf! lo siento, que nadie se ofenda, pero prefiero no hablar de algo que todavía estoy escribiendo.
Joe, naciste en Leamington Spa (Inglaterra), «por los tiempos en que los Beatles» ponían fin a su carrera. ¿Qué supone haber nacido fuera de España? ¿Ser hijo de inmigrantes?
Nací en el 60 y los Beatles tuvieron su primer éxito en el 62, y cuando nos mudamos a España en el 70, se separaron. “Mamé” Beatles durante toda mi infancia y eso sí me marcó. Tanto es así, que ellos son parte muy importante de esa novela de zombis que estoy escribiendo (¡Hala, ya he dicho algo sobre la novela!)
En cuanto al hecho de haber nacido fuera de España, la mayor de las ventajas es la posibilidad de leer desde que era un crío en dos idiomas, con lo que he tenido ocasión de leer a muchos de mis “héroes” literarios en inglés. ¿Desventaja? Bueno, alguna que otra, pero eso ya quedó atrás.
¿Crees que otra biografía habría resultado en otra clase de escritor o, acaso de no-escritor?
Ni idea, aunque creo que no. De todas formas, en ocasiones la vida tiene extraños meandros; a fin de cuentas yo comencé a escribir más o menos en serio (con idea de publicar, vaya) hace apenas cinco años. Los motivos que me llevaron a aporrear las teclas son personales, pero desde luego he de reconocer que de no ser por mi mujer, Silvia, no hubiera tirado hacia delante.
Te encuentras en proceso de dar a conocer tu nueva obra Penitencia, presentada el pasado mes de septiembre en Bibliocafé en Valencia. Sin embargo, me gustaría que comentásemos un poco tu anterior obra.
Tu libro El enviado publicado en 2007 llamó la atención, y fue nominado a los Premios Ignotus en la modalidad de Mejor Antología. Sobre la obra se ha dicho que hay relaciones ocultas entre los relatos, personajes que se repiten, un enviado especial, unas madres más especiales aún, y surge un tema importante como es el del abuso sexual a niños. Para más información remito a los lectores a la reseña en el blog
Críticas Literarias Regina Irae
¿Qué nos puedes comentar como autor sobre los aspectos que ya se han señalado así como de aquellos que hayan podido pasar desapercibidos, si es que los ha habido?
Vaya por delante que disfruté mucho escribiendo El Enviado, aunque en ocasiones también me desesperaba. Quiero decir que no soy escritor de mapa, soy de los que utilizan brújula y por mucho que intente planificar, luego los personajes y argumento me llevan por otros lados (¡y a mí me encanta!). El Enviado es un puzzle, uno que se puede leer como si fuera una antología, cada uno de los relatos es independiente: y también se puede leer como una novela porque hay un argumento común que une todas las historias. De hecho, yo considero EL Enviado una novela, aunque su nominación a los Ignotus fuera en el apartado a mejor antología y además, uno de sus capítulos fue seleccionado como relato para formar parte del Fabricantes de Sueños 2008.
Leyendo la sinopsis de tu nueva novela, una tiene la sensación de que el tema será fuerte. Además, no se ha escatimado en rebajar el tono de violencia, algo bastante habitual en las sinopsis de otras editoriales. ¿Es mejor así, sin engaños para el lector?
Sí, sí, la verdad por delante. No me planteo engañar o engatusar a nadie. Sí me gusta “jugar” en otros aspectos con el lector, pero es un juego en el que quiero involucrarle, hacerle partícipe de lo que ocurre en la novela.
Penitencia es terror, pero también una historia de sentimientos, personajes y esperanza. Hay terror y violencia y también amistad y amor. Penitencia es un libro duro, pero no carece de corazón.
Sinopsis de Penitencia
«El Segador, un asesino en serie que mutila y quema a sus víctimas antes de matarlas, está sembrando el caos en la ciudad. El inspector Aguirre, descreído y cínico será el encargado de darle captura, inmerso en una red de miedos del pasado entre los que intenta conservar su cordura. Esta es una de las tramas de Penitencia, un novela coral donde deambulan multitud de personajes e historias que acaban por converger en una telaraña de torturas, canibalismo y muerte, en cuyo centro hay un monstruo agazapado, que ha tejido su trampa con celo y paciencia infinita. Y la hora donde todos deben cumplir su penitencia se aproxima... Y otro ángel salió del altar, el cual tenía poder sobre el fuego, y clamó con gran voz al que tenía la hoz aguda, y vendimia los racimos de la tierra porque están maduras sus uvas. Y el ángel hecho su hoz aguda en la tierra,y vendimió la viña de la tierra, y echó la uva en el grande lagar de la ira de Dios. (Apocalipsisis 14: 18―20)
¿Los monstruos siempre trabajaban pacientemente?
No, no siempre. Pero los monstruos más terribles son aquellos que aplican un método a sus desmanes y esto conlleva ser paciente.
Es evidente que hay quien disfruta dando dolor y muerte.
Solo hay que mirar a tu alrededor para ser consciente de este hecho, aunque también hay quien goza repartiendo amor y alegría.
¿Es tan grande la ira de Dios?
¿Dios? El Dios que nos relatan en esos pasajes desde luego es rencoroso e iracundo, como casi todas las deidades de la antigüedad. Sin embargo, esta no es más que una imagen antropomórfica que contiene las cualidades más primitivas y bestiales del ser humano y que nada tiene que ver con Dios. El problema es todo lo que se ha hecho y hace en nombre de esos “dioses”. Esa es la ira de Dios, la que el hombre aplica por su cuenta erigiéndose en portavoz de la voluntad divina.
¿No hay peor juez que el de la conciencia?
O mejor… Uno ha de ser capaz de mirarse al espejo y decirse lo que hay, para bien y para mal. Muchas pesadillas surgen de nuestros intentos de ocultarnos de nosotros mismos.
¿Hay en tus dos libros, que pronto leeré y volveré a traer al blog para comentarlos, un deseo de justicia y una lucha permanente entre el bien y el mal? Yo diría..., aún a riesgo de equivocarme, un conocimiento de la religión... También para bien o para mal. ¿Es así? ¿En qué aspectos?
Creo firmemente en el hombre y también en la existencia del karma, y eso se refleja en lo que escribo. Pero no, no trato las religiones en sí, ese es un campo que dejo para otros.
¿Dónde se esconden los monstruos?
En las sombras que nosotros creamos tanto a nivel individual como colectivo.
¿Qué buscabas decir al escribir esta novela?
Aunque pueda parecer un contrasentido al estar hablando de una novela de terror bastante fuerte, he buscado transmitir un mensaje de esperanza, de creencia en que al final la vida tiene un sentido y que se puede prevalecer sobre el mal sin olvidar eso sí, de que hay que pagar un precio por ello… Pero ojo, no siempre se alcanza la meta.
¿Qué otros géneros escribes?
Fantasía y ahora tengo un proyecto de literatura infantil y juvenil en marcha.
¿Un relato es...?
Cualquiera de las maravillas escritas por Borges, Bradbury y otros genios.
¿Una novela es...?
Un intento de reflejar el mundo tal y como el autor lo interpreta, para compartirlo con los demás.
¿La mejor hora para escribir?
Personalmente, cualquiera.
¿La mejor compañía?
La de mi mujer, Silvia, y mi hija, Sarah.
Un recuerdo infantil...
La primera vez que mi padre me llevó a una biblioteca pública en Inglaterra ¡Cuánto libro!
Intuyo que eres un autor de obras infantiles. ¿Me equivoco?
Como ya he dicho antes, estoy en un proyecto con otro autor y una ilustradora… ¿Cómo has intuido eso?
¿Qué te dice la frase... «El sueño de la razón produce monstruos»?
Que complicamos demasiado las cosas cuando en el fondo la realidad es más sencilla.
¿Títulos y autores de libros (de cualquier género y a cualquier edad) que te hayan marcado?
Enid Blyton, Daniel Defoe, Verne, Dickens, Andersen, Twain, y otros que seguro que no recuerdo, cuando era un crío. Más adelante entraron en acción los Wilde, Conan Doyle, Yeats, Bécquer, Poe, Lovecraft, Stoker, Shelly, H.G. Wells, Bradbury, Dahl, Tolkien, King, Vargas Llosa, Borges, Márquez, Holdstock, Gaiman, y no sigo que no acabo.
No quiero hacer una lista de libros porque sería interminable, pero sí mencionaré uno: Matar un Ruiseñor de Harper Lee.
¿Una canción para oír? ¿En qué momentos?
"Imagine". Cualquier momento.
Un suspiro por...
Mi mujer.
Un «no» para...
Cualquier razón o justificación de una guerra o la violencia en general.
Un «sí» por...
La esperanza y luchar por ella.
Gracias Joe, de verdad ha sido un placer. Tus libros volverán por este blog a modo de reseña, así que por mi parte, será un «hasta pronto». Mientras tanto queda aquí este enlace a tu página
Gracias a ti, ha sido un placer compartir esta charla.
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