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viernes, 19 de julio de 2013

“Así en la tierra como en el mar” Escribir, escribiendo, escritores...



"Escribimos y escribimos, unos mejor que otros y unos pocos con mayor éxito que la mayoría, pero todos sin descanso. ¿Por qué lo hacemos? ¿Qué oculto resorte nos mueve a poner por escrito lo que se nos ocurre?"

Les recomiendo este artículo de Carmen Martínez Gimeno en su blog Sin borrones. La autora que estudió Filosofía y Letras, es escritora, y ha desempeñado su labor en el mundo editorial como correctora, traductora y editora.

Les dejo el enlace

martes, 8 de mayo de 2012

DE CERVANTES A LA "GENERACIÓN KINDLE"


Puedes leer el artículo en el siguiente enlace

lunes, 9 de enero de 2012

RESEÑAS




Por: Pilar Alberdi

«Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con la persona destinada a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza». Jorge Luis Borges

¿Y qué es la belleza, esa emoción de la que nos habla Borges? Creo que no es sólo la belleza formal de un texto, sino el sentimiento de comprensión de unos hechos que como seres humanos nos afectan. Cuando podemos decir, después de la lectura de un libro o de la visión de una película o una obra de teatro: «Sí, así es la vida...» Es que hemos accedido a algo grande, donde hemos participado junto a los personajes en sueños que también pudieran ser los nuestros. Yo no le pido más a un libro. Pero si me da eso, ya siento que he recibido demasiado.

Viene esto a cuento porque una persona que visita este blog me preguntó por qué yo nunca digo nada malo de un libro; por qué no pongo reparos sobre esto o aquello... Y mi respuesta fue sencilla: ¿qué razones tendría para hacerlo? No encuentro ninguna. Mi idea de una reseña es invitar a leer un libro que me gusta. Y si encuentro durante su lectura detalles que se podrían corregir en vistas a una segunda edición, si tengo confianza con el autor o con el editor, las digo en privado.

Tengo la suerte de que algunas editoriales me permiten elegir entre sus libros destinados para la prensa, aquellos que me gustaría reseñar. ¿Cómo los elijo? Además de la lectura de la sinopsis, acudo a la página de la editorial y si lo hay, leo un anticipo de la obra. Pero si después de recibir el libro no soy capaz de sentir el texto, de identificarme con la historia, de valorarla con justicia, no haré la reseña. ¿Por qué? Por una simple razón: considero que quien escribe se merece respeto. Y quien edita un libro también.

Tengo la opinión de que no basta en una reseña con decir «me gusta» o «no me gusta». Lo que se debe demostrar en una reseña es que la lectura del libro ha pasado por el tamiz de quien lee la obra. Porque de lo que verdaderamente nos habla una reseña, y créanme si les digo que siento la tentación de escribir esto en mayúsculas para que se vea bien, no es de la obra en sí, sino de lo que la persona que leyó el libro piensa de él. Nada más. Y en este punto sería justo para el autor reseñado, que ese lector que publica una reseña pueda demostrar con su prosa y análisis qué otras lecturas, especialmente de clásicos, tiene en su haber; qué asociaciones o comparaciones de obras y estilos es capaz de establecer; qué conocimientos de teoría literaria posee; qué estudios formales o qué trayectoria literaria o editorial tiene.

Decía E. M. Forsters que, al final, la prueba de amor más grande que damos a una obra es la misma que se le da a las personas, la del cariño. Estoy de acuerdo. Tanto es así que en mi biblioteca hay algunos anaqueles que fuera del orden habitual en que tengo los volúmenes, ocupan un espacio, que sólo yo sé que existe, y que es el de mis «preferidos». ¿No ocurre igual con las personas con las que nos relacionamos? Creo que sí. De unas podemos mantenernos más alejadas, verlas de vez en cuando. De otras, necesitamos saber que siempre están ahí, que si queremos visitarlas estarán a nuestra disposición, igual que nosotros para ellas.

¿Qué es la palabra? Un signo de comunicación, pero también una herramienta para el escritor. ¿Qué es una obra? «Un organismo vivo».Así le gustaba verlo a Henry James, y así me gusta verlo a mí también.

sábado, 12 de noviembre de 2011

«EL ASESINATO» de John Steinbeck



Por: Pilar Alberdi

El relato El asesinato de John Steinbeck forma parte del libro El largo valle publicado por la Editorial Navanoed. Una editorial que les recomiendo por la calidad de sus libros.

El libro reúne once cuentos del autor norteamericano. Se publicaron por primera vez en 1938. Hablan de un mundo que Steinbeck conocía bien y en el que había vivido parte de su vida, El valle de Salinas.

Los protagonistas son una pareja. Quizá se pueda pensar que el personaje masculino lleva más peso en la historia, pero su papel no existiría sin el contrapeso de la figura femenina. De este modo, podemos decir que Jim Moore es un joven de treinta años que después del fallecimiento de sus padres se ocupa de una granja familiar y toma iniciativas como la de dejar de criar cerdos e incentivar y aumentar el ganado vacuno de sus corrales. Los fines de semana se permite un descanso y acude a Monterrey «para emborracharse y charlar con las ruidosas chicas del Tres Estrellas» donde conoce a una inmigrante de nombre Jalka con la que contraerá matrimonio.

El narrador dice que Jim Moore no encuentra queja de ella, excepto que habla poco, y aunque las palabras con las que contesta sean «breves y mansas», el joven siente que no se entienden bien, aunque hablan el mismo idioma. Como resultado al cabo de un año vuelve a la ciudad buscando la compañía de las chicas del Tres Estrellas.

Jalka, también engancha los caballos al carro, una vez al mes, y se marcha a visitar a su numerosa familia compuesta de madre y hermanos.

A veces, a Jim, le pesan recuerdos del pasado. Por ejemplo, la de una ocasión en que su padre le recomendó pegar a las mujeres. Si eran malas con razón, y si eran buenas también. La contestación de Jim, fue que él jamás haría algo así.

Pasa el tiempo y un atardecer en el que Jim se dispone a partir a la ciudad, invita a Jalka para que lo acompañe. Ella se excusa diciendo que se aburrirá, porque las tiendas estarán cerradas. Mientras hablan, el hombre observa que ella ha dejado una lámpara junto a la ventana y se dispone como otras muchas noches, a bordar. Le pregunta por qué ha dejado la lámpara en ese sitio, y ella le contesta que hay luna llena y quiere verla salir. Su esposo sorprendido, le contesta que si quiere ver la luna, tendrá que mirar por las ventanas que dan al otro lado de la casa, y se queda pensando en la falta de orientación de su mujer. Después, prepara su fusil, el caballo y se marcha. Por el camino se encuentra con un vecino que le comenta que hay forajidos por la zona. Seguramente han aprovechado la luna llena para hacer de las suyas. Ha encontrado una fogata, y en ella los restos de un animal que, casualmente es de Jim, lo sabe porque lleva la marca de su ganado. Dada la situación, éste decide ir a ver el lugar que le acaba de indicar el vecino. Como han pasado varias horas, y ya sería inútil ir a la ciudad, además está preocupado por la seguridad de su esposa y de la granja, decide regresar a la casa.

Lo primero que descubre al llegar es que hay luz en el dormitorio matrimonial. Y en cuanto presta un poco más de atención oye y luego ve un caballo con las riendas puestas comiendo heno en el establo. Hasta ese momento el rifle, el recuerdo de la muerte de un cerdo y de un ternero, y el color rojo («Va a ser una luna roja de las buenas», «encontré una hoguera apagada y los restos de un ternero», «sus ojos estallaron con un matiz rojizo al mirarlo», «para recoger la sangre de la garganta del cerdo en época de matanza» habían supuesto durante el proceso de lectura del cuento, el anticipo de lo que intuimos pasará después, acentuados por los indicios que muestran la débil relación que mantiene unida a la pareja. Sabemos que esas tres líneas de significados (el rifle como arma que sirve para matar, los animales sacrificados, y la sangre) por fuerza, tendrán que concluir en una muerte. Y como en todo buen suspense, no nos importa saberlo, porque lo que queremos es saciar de una vez, la ansiedad y el deseo de llegar al final de la historia.

El joven Jim Moore se refresca en el abrevadero. Sabemos que mil pensamientos llegan y salen de su cabeza. Duda. Quiere y a la vez, no quiere entrar a la casa. Finalmente, se prepara para disparar. Con sigilo llega hasta la habitación matrimonial. La puerta está entornada. Desde esa posición ve en el lecho a un hombre que yace junto a su mujer. Cuando el hombre se mueve, logra reconocerlo. Es un primo de la mujer, uno con el que ella reía mucho. En ese momento, abre un poco más la puerta, apunta y dispara. Y cuando aquel anticipo del color rojo que el autor había derramado en nuestra mente en varias líneas del relato debería estallar ante nosotros casi hasta mancharnos, el narrador solo dice: «Un pequeño agujero negro sin sangre, apareció en la frente del hombre». Mientras, la mujer gime «como un perrito asustado mirando el arma» que puede matarla.

Jim sale de la casa. Abandona el escenario del asesinato. Camina otra vez hasta al abrevadero y se limpia. Después, decide marcharse. No sabemos a dónde va. Al amanecer, regresa junto al sheriff y el médico del pueblo. Estos personajes recogen el cadáver, al que sacan envuelto en una manta. Por supuesto, le dice el sheriff, queda «acusado de asesinato», aclarándole que en ese Estado, ya se sabe, ese tipo de situaciones de adulterio por parte de la mujer, sólo tiene un veredicto: inocente. El sheriff, antes de marcharse, le pregunta si ha matado también a su esposa, y él le contesta que no. Entonces, el representante de la ley, le recomienda que no sea muy duro con ella.
En este instante es cuando sabemos que el consejo del padre aparece en la cabeza de Jim. Y no tardamos en ver cómo sale a buscar un látigo, mientras comienza a buscar a su mujer por la granja.
Calcula en dónde puede estar escondida. Se dirige al granero. Y, en efecto, allí está: llorando y gimoteando.

En la escena siguiente sabemos que ella ha salido de allí con briznas de paja pegadas a sus cabellos y la camisa cruzada por las rayas de la sangre fruto de los latigazos.
Ella le dice:
—Me has hecho daño.
Él contesta:
—Todo el que he podido sin matarte.
Como lectores sentimos que ellos ya se han puesto de acuerdo para seguir adelante con sus vidas y, en efecto, poco después ella le ofrece el desayuno, que no podrá compartir porque tiene los labios hinchados. Sentados uno frente al otro, mientras él desayuna, le dice que irá a la ciudad a comprar madera. Ha pensado en levantar una nueva casa, más abajo, en el valle.

Saquen ustedes sus conclusiones. Esto es maestría. Aquí el asesinato incluye al muerto y también a cuanto ha sucedido. Vemos todas esas fuerzas que concluyen en el arreglo final que supone pasar página sobre los sucedido, para empezar de nuevo. ¿Qué haría ella sin él con su vida? ¿Qué haría él? Saquen la cuenta de esto quienes piensan que un buen cuento de terror necesita palabras soeces, gente terriblemente degenerada, miembros desmembrados y sangre salpicándolo todo.

domingo, 9 de octubre de 2011

DESEO, ESPERANZA Y ABISMO




FotomontajePulo
Texto: Pilar Alberdi

Nos emocionamos ante lo que el protagonista quiere conseguir (deseo), insiste para conseguir (esperanza) y no conseguirá (abismo), ya sea que él lo sepa o lo sepamos nosotros como lectores. ¿Y qué es eso que queda al final?: la derrota del personaje, la victoria de las circunstancias. En suma: comprensión y, acaso, algo muy parecido a la aceptación.

Veamos tres ejemplos.

Relato Vanka (1886) de Antón Chejov (Rusia, 1860-1904)

Como en la mayoría de sus cuentos, Chejov, nos da todas las explicaciones posibles en las dos primeras frases, o lo que es lo mismo en los primeros cinco renglones. En este caso Vanka Yúkov, un niño de 9 años que vivía en el campo con su abuelo, ha sido enviado como aprendiz de zapatero a la lejana Moscú. Una vez allí, su vida es aún más miserable que en el campo, pasa hambre y sufre maltrato. La noche de Navidad espera a que su amo y los oficiales se marchen a la «misa de gallo». Recoge del armario del patrón una pluma y un frasco de tinta y escribe una carta a su abuelo para pedirle que envíe a por él. Las tres primeras frases de esa carta son fundamentales. Nombra cariñosamente al abuelo, le desea feliz navidad y que Dios lo proteja; y a continuación después de decirle «No tengo padre ni madre, sólo me quedas tú» implora que venga en su ayuda.
Cuando se dispone a escribir la dirección, el niño duda, pero finalmente escribe muy satisfecho «A la aldea de mi abuelo», y por si quedaba alguna duda... Añade: «Para Konstantín Makárich». Después sale muy contento a la calle, sin abrigarse apenas, y este hecho ya nos hace temer una futura enfermedad. Corre en busca de un buzón. Cuando lo encuentra echa la carta. Después regresa a la casa y se acuesta. El patrón no ha llegado aún de la misa del gallo. El niño se duerme y entre sueños ve a su abuelo junto leyéndoles a las criadas de la casa, la carta que le ha enviado su nieto.

La tortura de la esperanza (1888) de Philippe-Auguste Villiers de L'Isle-Adam (Francia, 1838-1889)

En el primer párrafo el autor nos sitúa en el lugar en dónde suceden los hechos, las bóvedas del Tribunal de la Inquisición de Zaragoza, y quién es el responsable de ese sitio, «el venerable Pedro Arbués de Espila, sexto prior de los dominicos de Segovia y Gran Inquisidor de España». También se nos dice que este personaje se dirige a un «in pace» y nos explica quién hay allí, se trata de «Aser Abarbanel, rabí, judío aragonés, sometido a tortura, día a día desde hacía más de un año».
Ya en la celda, el prior le comunica que será expuesto en «el quemadero». El «fraile redentor» aquel que lo torturó diariamente, besa al reo, y le pide perdón. Pero cuando se marchan el reo descubre que por el resquicio que deja el cierre de la puerta entra luz... Piensa que sin querer la han dejado abierta y, en efecto, así es, y surge en el fondo de su ser el deseo de escapar, que el narrador completa diciendo: «la incierta esperanza del judío era tenaz por ser la última». Observemos ese adjetivo, «incierta» tan especialmente colocado y que cobra tanta fuerza marcando el límite, la frontera entre los posible y lo imposible. Pero la puerta en verdad está abierta. El rabí sale y de espaldas a la pared avanza temeroso por los pasillos. Al ver venir hacia él a unos frailes, se acurruca en el suelo y aunque se detienen junto a él, no lo descubren. Pasan de largo. El narrador vuelve a hablar de esperanza... «El triste evadido sintió que una loca esperanza llenaba todo su ser». Una vez más comprobamos el valor dramático de un adjetivo bien puesto: «loca esperanza» que acentúa aquella «incierta esperanza» antes nombrada. Cuando el rabí siente que la libertad está a un paso y que Dios lo devuelve a la vida, cuando ya siente que el Señor parece dispuesto a abrazarlo, descubre que los brazos que han ido a su encuentro son los del prior inquisidor, momento en el que el narrador explica lo que acaba de comprender el rabí condenado al quemadero, que «cada etapa de la noche funesta no fue más que un previsto tormento de esperanza».
Si en el cuento de Chejov los adjetivos pasan desapercibidos, es decir, son tan sencillos y posibles, que no entran en contradicción con el sujeto u objeto que definen... («plumilla enmohecida», «enjuto y pequeño», «ágil y vivaz», «cara siempre sonriente», en el cuento del autor francés los adjetivos tienen una fuerza singular: el inquisidor es el «venerable Pedro Arbués», el mismo personaje quien tiene el aliento «abrasador, viciado por el ayuno», al que no le tiembla la mano al mandar a los hombres al «quemadero».
Auguste Villiers de L'Isle-Adam, como lo hiciera Poe, predecesor suyo, utiliza palabras que evocan el ambiente y la situación terrorífica. Los frailes que discuten en el pasillo mientras el rabí intenta escapar no son sólo dos frailes discutidores sino «dos siniestros frailes discutidores», el corredor es «sepulcral»...
Me parece justo decir aquí que desde hace tiempo, hay una moda en renegar de los adjetivos e incluso de los adverbios, pero cuando están bien utilizados resultan esenciales al sentido dramático de un texto.

Ley de vida (1901) de Jack London (EE. UU, 1876-1916)

El argumento de este cuento nos habla de la partida de la tribu y el abandono de un anciano. Se trata del viejo Koskook, quien en sus años mozos fue cacique como en el momento en que suceden los hechos, lo es su hijo.
Mientras la tribu se dispone a partir, el anciano permanece solo dentro de su tienda. Conoce su destino y sabe que será abandonado. Es la ley. Mientras tanto, escucha cómo se montan las tiendas en los trineos y cómo se quejan los perros cuando los sujetan al tiro. También oye la voz de su nieta y la de su hijo...
Su vida durará tanto como los leños que le han dejado, luego el frío se encargará de adormecerlo...
En la mente del anciano persiste la esperanza de que su hijo se compadezca de él, pero mirando atrás sabe que su hijo cumplirá la ley. Cuando un anciano ya no se vale por sí mismo debe quedar atrás. Él lo hizo con su padre. Sus nietos lo harán con su hijo; igual piensa que si su nieta hubiese sido un poco más atenta y trabajadora habría dejado algún leño más para el abuelo...
Mientras la tribu se aleja, recuerda su infancia. El día aquel que con un amigo siguieron a un alce perseguido por los lobos. Dice la voz del narrador por aquellos niños... «Siguieron de cerca con ardor la caza leyendo a cada paso la inexorable tragedia que estaba escribiéndose». Y, de repente, aquel niño convertido en un anciano vuelve a escuchar aullar a los lobos. No, no son un recuerdo, están ahí... Han olido a la víctima. Siente que se acercan.... Uno de los animales ha entrado en la tienda y el hombre percibe el vaho del aliento cerca de su rostro. Pronto llegarán los demás. Afuera nieva y él se niega a morir... Más aullidos... Aún mueve en el aire un leño encendido. Lo intenta otra vez... Comprende que la tragedia de aquel viejo alce... Aqueé que vieron sus ojos niños ha vuelto, y decide entregar su vida.

En los tres casos, se trata de la esperanza del protagonista (un niño, un adulto, un anciano). En cada uno de ellos surgirá el sentimiento de que han sido traicionados. En el primer caso por el abuelo que, en realidad, no recibirá la carta; en el segundo, por Dios, a cuyo amparo y misericordia imploró el rabí y en cuya creencia sustentaba su fe; en el tercero la traición, viene de parte del hijo y de la tribu, aunque a ellos los obligue el cumplimiento de una antigua ley.

Deseo, esperanza y abismo. Cuando se consigue la debida proporción entre sus componentes, el resultado nos da algunas de las mejores historias de la literatura.


(Nota: estos relatos los puedes encontrar en «Cincuenta cuentos breves». Edición de Miguel Díez R. y Paz Taboada con la colaboración de Blanca Ballester. Editorial Cátedra, 2011).

lunes, 12 de septiembre de 2011

«YA SÉ LO QUE LE DIJO»



De Borges a Sthepen King pasando por Robert Louis Stevenson y Mary Shelley

Por: Pilar Alberdi

Como librillos tiene el maestro así son las recetas para escribir... Incluso las hay sobre si lo que se está escribiendo se debe o no enseñar a quienes nos rodean y cuál será el mejor momento. Me parece que en esto como en otras muchas cosas de la vida cada cual actúa como siente.
Dice Sthepen King en su libro Mientras escribo (Random House Mondadori, 2001): «Al final, a quien hago más caso es a Tabby, porque es la persona para quien escribo, a la que quiero seducir». Tabby como bien saben ustedes es su esposa.
Creo que los escritores en el fondo de nuestro ser necesitamos, una y otra vez, preguntarnos y buscar respuesta a por qué escribimos, pretendiendo resolver desde lo consciente aquello que es más inconsciente. Pero, de momento, en lo que quiero detenerme es en este compartir la literatura, «ese sueño dirigido» como bien la llamó Jorge Luis Borges, con la familia o con los amigos que, a fin de cuentas, son siempre los primeros lectores.

Tomemos el caso de Robert Louis Stevenson, cuando éste pasa unos días de vacaciones, y nada menos que en una cabaña de nombre «Cabaña de la difunta Miss McGregor» se ve en la necesidad de tratar con un niño al que le gusta dibujar. Stevenson igual que hacemos los adultos que tenemos niños cerca, decidió participar en ese mundo imaginario haciendo sus propios dibujos. Así surgió una de sus historias más conocidas: La isla del tesoro. Esta anécdota se cita en sus Ensayos (Losada, 2005) y se la complementa diciendo que Stevenson, de regreso al hogar leía todas las noches a su familia los capítulos que iba escribiendo y recibía comentarios de su hermana, de su madre y de su padre, quien, además colaboró sugiriendo qué objetos podía haber en el cofre y elaborando la firma del capitán que aparecería en la carta.


Si esta anécdota contada por el autor es curiosa no dejo de imaginar que toda la literatura debe estar repleta de ellas. ¿Imaginemos aquella reunión de escritores (Lord Byron y su amante Clarie Cairmont, el doctor Polidori, Percy Bysshe Shelley y su esposa Mery Shelley)de la que luego surgieron obras como El vampiro de Polidori o el Frankestein de Mary Shelley? Aquella reunión en Villa Diodati en junio de 1816, tuvo que ser sorprendente, pero sobre todo porque esas dos obras no han perdido actualidad.

Pero quizá la anécdota que más me gusta y que leí hace muchos años, fue contada por Borges. El había comentado los relatos que estaba escribiendo con su madre, doña Leonor Acevedo. Como suele ocurrir, a veces, la dificultad está en elegir la frase correcta o si las palabras del personaje están de acuerdo con su temperamento, incluso con su cultura, o si el lector entenderá lo que se ha propuesto el escritor. Y, a veces, esto no se consigue hasta que se halla la frase adecuada. La madre no olvidó el tema que Borges había planteado sobre un relato concreto, y cuando días después el autor ya casi había olvidado el tema, la madre, le comenta por un personaje: «Georgie, ya se lo que le dijo»...
La literatura, en suma, presencia viva, no sólo en la mente de quienes escriben, sino de quienes leen.

martes, 2 de agosto de 2011

REFLEXIONES SOBRE CONCURSOS LITERARIOS



Por: Pilar Alberdi
Fotomontaje: Pulo

Mientras doy casi por terminada mi participación en calidad de jurado en un concurso en el que he leído más de doscientos cuentos y aún estoy a la espera de que me lleguen los últimos, comprendo lo difícil que es ser jurado y el tiempo que ocupa. Por eso, quien quiera hacerme creer que alguien se lee cientos de novelas largas que llegan a un concurso de los que se pasan por la televisión a la hora de los telediarios, tendría gran trabajo en convencerme. Quien pretenda, además, que hojeando las novelas, es decir, viendo sólo unas páginas del principio, medio y final se hacen una idea de lo que hay dentro, aún más. Porque con ese tipo de criba, muchas novelas que hoy consideramos clásicas nunca habrían sido publicadas.

Lamenté siempre que quien se otorga el derecho (Consejalías de Cultura de los Ayuntamientos, editoriales...) a decir que dispone de un «comité de lectura» no ofrezca una lista con los nombres, las edades, las profesiones y los conocimientos y aptitudes en el ámbito literario de las personas que lo integran. (Hay honrosas excepciones, desde luego, como la que se da en el Premio Felipe Trigo de Novela corta y larga, en que cada año se dan los nombres de las personas que integran cada comité seleccionador, además de hacerce público el jurado).

En algunos concursos se dice que no se admiten trabajos con faltas de ortografía. Un miembro del jurado puede ver defectos de sintaxis y faltas de ortografía y le bastará con indicarlas en su informe, pero si al mismo tiempo puede señalar que la obra es maravillosa... ¿De qué lado se inclina la balanza? Sin duda, del de la creatividad… Para las faltas de ortografía están los correctores y también las imprentas y editoriales responsables que no permiten que nada suyo salga con menoscabo para sí misma y sobre todo para el autor. Del autor, lo primero que tenemos que esperar es originalidad.

Recuerdo un concurso donde se proclamaba en las bases que se descartarían los trabajos que no se presentasen encuadernados con canutillo metálico, y supongo que lo seguirán anunciando así. ¿Es que todos los escritores tienen que tener dinero para pagar ese tipo de encuadernación? ¿En todas las papelerías de los pueblos hay ese servicio de encuadernación? Quizá sólo tengan canutillos plásticos… Pienso en los autores españoles, pero también en los latinoamericanos que concursan en España y para quienes conseguir aquí una mención o un premio es importante. Sin embargo, qué difícil cuando al coste del papel hay que sumar el plástico transparente de la tapa, el cartón de la contratapa ,el alto coste del envío postal... y, ¡faltaba más!, el dichoso canutillo metálico. Y esto sin olvidar esos concursos que piden varias copias de novelas largas que pueden llegar a tener hasta 500 o más páginas cada una.

No faltaban antes, pero es que ahora sobran concursos en los que en la novela o el relato hay que incluir obligatoriamente una marca comercial, por ejemplo, de coche. También los hay que aprovechan el certamen que convocan para dar promoción a su empresa: hoteles, inmobiliarias, restaurantes, cafeterías, clínicas... Y no faltan los que pretenden que el concurso sirva a los fines de resaltar un pasado histórico, un pueblo, una región o una lengua. Derechos los de todos, desde luego, pero a nosotros como escritores es a los que nos toca elegir adecuadamente y con las mejores garantías el concurso al que nos vamos a presentar.

Los hay, y esto sí que no lo recuerdo en el pasado, concursos cuyo tema es una enfermedad.

Y, por supuesto, abundan los que asegurando tener un jurado, jamás dan los nombres de sus integrantes. No resulta extraño, pues, que existan por la red algunos blogs en los que se analizan resultados de concursos, y posibles relaciones entre el jurado y los ganadores. O que estos temas salten como liebres por los foros.

El envío por e-mail, al abaratar los costes, permite también una alta participación de personas que ni siquiera son escritores, y llamo escritores a quienes con firme convicción dedican parte de su tiempo a esta tarea. También he comprobado que son muchas las obras tomadas descaradamente de páginas de Internet en donde se publican textos literarios, por lo que la búsqueda de los cuentos presentados a un concurso exige por parte de los jurados o de los organizadores una búsqueda a través de la red. Sin evitar esto, que aparezcan otro tipo de plagios tomados directamente de libros o revistas editadas en papel, y ante los que los jurados, poco podrán hacer.

Y ya para no extenderme, quisiera comentar lo ambiguas que pueden ser algunas bases de concursos. Por ejemplo, siempre hay que tener en cuenta que si el texto dice que la obra «podrá ser editada» los organizadores no están afirmando que lo será, sino que es una posibilidad. Si ya es difícil que se publique en ese caso, también lo es cuando se afirma que la obra ganadora será de obligada publicación, representación (en el caso de textos teatrales) o filmación (guiones). Porque puede resultar que quien ha escrito la obra se vea en la necesidad de reclamar una y más veces sus derechos a los organizadores del certamen, y obtenga a cambio un variado ramillete de excusas.

Antes no había blogs, y teníamos que concursar. Buscábamos medios donde publicar, y éramos felices si los conseguíamos. Ahora hay blogs, y la queja es pública. Y está bien que así sea.

lunes, 16 de mayo de 2011

ANILLOS MÁGICOS Y MUROS TERRORÍFICOS.


Por: Pilar Alberdi

Anillos mágicos

La historia de El señor de los anillos J. R. R. Tolkien no nació como trilogía, pero la escasez de papel tras la Segunda Guerra mundial lo hizo posible. Pensado como libro único, acabó en tres volúmenes.
Fue el editor de Minotauro, el argentino Francisco Porrúa, quien veinte años más tarde de su publicación en Europa, compró los derechos y la tradujo al castellano. Como la situación era difícil en la Argentina de las dictaduras, Porrúa se trasladó a España y es aquí donde comienzan a aparecer los libros. Y donde más tarde se venderá la editorial.
Entre los antecedentes de la obra se encuentran las sagas nórdicas, de las que que incluso tomó algunos de los nombres de los personajes, pero siempre negó que su obra tuviese parecido con El anillo del nibelungo, aunque esta también proviene de las sagas nórdicas, en concreto, de las sagas islandesas. Richard Wagner escribió el libreto de El anillo del nibelungo y la música de esta opera en el transcurso de 26 años que van de 1848 a1874. Consta de una introducción (El oro del Rín) y varios dramas (La Walfkiria, Sigfrido y El crepúsculo de los dioses). Se estrenó en el festival de Bayreuth (Alemania) en 1876.
La historia trata de un anillo mágico creado por el enano Nibelungo Alberich con arenas del Rin. La posesión del mismo, puede suponer la del mundo. Razón por la que numerosas fuerzas en conflicto intentarán obtenerlo.

En la base de El señor de los anillos hay simbologías mitológicas y católicas. Y teniendo en cuenta el tiempo que le llevó a su autor escribirla (más de diez años), es normal que quisiese dejar allí parte de su experiencia de vida.
Como curiosidad se puede indicar que la editorial que se la había pedido como una continuación de El hobbit, desestimó su publicación tras leerla, por considerarla seria y madura. El autor se la ofreció a otra editorial, pero al final, la publicó la que la había solicitado.
En El señor de los anillos aparecen de forma reelaborada lugares y realidades que el autor vivía a diario.
Algunos críticos dijeron que su obra era infantil, que sus personajes nunca llegarían a púberes, y calificaron al autor de fascista, señalando que los personajes buenos tenían la piel blanca, y los malos la piel oscura, teoría que el autor rebatió justificando su profesión de militar y el bando para el que había luchado.
Creo que algunas de esas opiniones merecen que nos hagamos algunas preguntas: ¿cuál es el recorrido que siguen los libros?
Pienso que la mayoría nacen sin un destino claro, y será el tiempo y las circunstancias, ni siquiera las críticas del momento, las que los sitúen o no en las preferencias del público del futuro. Pensando en este tipo de hechos, hice cuentas y recordé el año en que la obra El Principito de Saint de Exupery se convirtió en un éxito de ventas en el mundo hispanoamericano. Y eso fue, 30 años después de que se publicase por primera vez en Europa.


Muros terroríficos

Viene este comentario al hilo de que muchas personas con interés en el subgénero épico de la literatura fantástica está viendo por la televisión la serie Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin. Recuerdo que cuando leí la obra, que me facilitó uno de mis hijos, hace ya varios años, me pareció poderoso el inframundo que se dibujaba más allá del muro, especialmente, cuando al principio de la novela, aún no habíamos incursionado dentro de esa frontera como lectores ,y desconocíamos lo que en ese gélido paraje sucedía.
Al margen de esa capacidad que tiene J. R. R. Martín por acabar en cada capítulo con un personaje, capacidad que cada cual valorará o no de su gusto, hay que decir que la vida de estos seres está marcada por el deseo de poder, el crimen y el incesto. Estos últimos, son dos de los tabúes más importantes de la sociedad.Especialmente, el del incesto. Oculto pero no resuelto, y más presente en la sociedad de que cualquiera pueda imaginar.
Creo recordar de una lectura que hice hace tiempo que George R. R.Martin, recogió las dos R. R. para su nombre profesional, en recuerdo de J. R. R. Tolkien. Por tanto, su admiración al autor anglosajón queda sellada por este simbólico acto, que además le honra. Y es de hecho, una de las influencias que cita para su obra.

La serie no la veo, pero si recuerdo que ese muro, en las páginas iniciales del libro, que se describe como separación, límite o detención de lo terrorífico, incluso zona de castigo a donde se relega a los que han caído en desgracia, recuerda mucho al de Adriano, por el misterio de lo que podía haber más allá, frontera que nadie se animaba a traspasar, y que se muestra muy bien en la película La legión del águila que todavía se puede ver en los cines españoles.
Todo muro, en definitiva, nos habla del temor al otro, de la defensa y de la división interesada y racionalizada entre nosotros y los otros. Pero también nos habla de la infinidad de vidas que han costado en su construcción y también en la búsqueda de la libertad.

domingo, 20 de marzo de 2011

LA EDITORIAL AJEC Y NOSOTROS LOS ESCRITORES




Por: Pilar Alberdi

La solicitud de colaboración del editor Raúl Gonzalvez del Grupo Ajec que ha sido durante estos años el buque insignia del género de terror, la ciencia ficción y la fantasía épica me invita a hacer unas reflexiones.

La primera, la necesaria valoración de personas que como Raúl han llevado adelante un proyecto editorial con todos los riesgos que ello conlleva. No es el único ejemplo, y en este blog se dan cita otras editoriales del mismo tipo, algunas muy nuevas; pero sí avalan al Grupo Ajec, varios años ya, dedicados a dar visibilidad a los autores españoles.

El otro día escuchaba yo en la presentación de un libro de una Asociación de mujeres escritoras de Málaga, la palabra «empoderamiento» (dar poder), y el término que estaba bien aplicado en ese caso con relación a las escritoras, también lo está con respecto a las pequeñas editoriales españolas en relación con nosotros, los escritores, lo que nos dan es poder frente a la indiferencia de otras editoriales que prefieren, casi de manera exclusiva, autores extranjeros, o concursos que, además de aceptar obras en español, también las aceptan en otras lenguas. Y yo, que soy hispanoamericana por nacimiento y convicción, no puedo dejar de reconocer también, que mientras en España se da cabida en todos los premios de concursos a los autores de latinoamérica, los concursos literarios internacionales en aquellos territorios brillan por su ausencia, aunque ahora, ya podemos decir que van apareciendo algunos, y resulta un dato reconfortante.

Uno de los graves prejuicios que existe, y parece que este tema salta a menudo por los foros, es el de la falta de crítica. Señores, sí «señores», porque este mundillo es además masculino, para la crítica cada uno sabe lo que escribe. Lo demás es colaboración necesaria. Lo que vaya a quedar de lo que vamos escribiendo, ya se verá. Tiempo al tiempo. No lo decidimos nosotros.

El segundo prejuicio es el de creer que quien se arriesga a montar una editorial tiene que correr con todos los gastos. Y que si la editorial no te cobra, eso supone calidad literaria. Otro absurdo. ¿Es que, acaso, puede tener la misma calidad literaria un joven que alguien que ya tiene su oficio? La calidad se percibe esté pagada o no. ¿O vemos calidad literaria en todo lo que publican las grandes editoriales? ¿O no percibismos «amiguismo» en ciertos círculos?
Permítanme decir que, hoy en día, la poesía se sigue pagando, y a los poetas no les importa, porque es casi la única manera que tienen para publicar. Pero cuidado, en el pasado, también se la pagaban Damaso Alonso, Lorca, Cernuda, Alberti, etc. ¿Diríamos por eso que escribían mal?

Y, por último, el más grave problema con el que se encuentran los nuevos editores: la distribución. ¿Cómo conseguir que sus libros se vean entre otros 74.000 libros españoles que salen al mercado cada año? Porque como todos sabemos ya viene siendo práctica, no sé aquí, pero sí en países anglosajones, que en las grandes librerías se pague por el lugar que ocuparán los libros de una determinada editorial para ser más visibles.

Y ahora sí, les dejo algunas de las novedades del Grupo Ajec para los próximos meses, y después la nota que pasó Raúl.


Avances editoriales del Grupo Ajec:
Jitanjáfora, Sergio Parra.
Némesis, Juan Miguel Aguilera y Javier Redal.
La orden del Tahnwar . La cuarta edad I , Francisco Villarrubia
En la ciudad de oscura de Ángel Torres Quesada.
Noches de sal,David Mateo.
Mirando a las estrellas, A. F. Black
El baile de los secretos, Jesús Cañadas.
Divergencia a más infinito, Fernando La Fuente.
Los horrores del escalpelo, Daniel Mares
Las graves planicies, Antonio Santos.


Carta de Raúl Gonzalvez, editor del Grupo Ajec.

Estimados amigos:

Debido a malas noticias económicas recibidas en las últimas 48 horas, y tras mucho trabajar para intentar solventar los problemas que amenazan, por desgracia, la continuidad de Ajec como editorial, me he veo obligado a pediros directamente ayuda para seguir adelante.

Esta ayuda pasa por conseguir –para salir de este bache- al menos 50 nuevos suscriptores para Ajec; si lo logramos, con esta pequeña inyección económica, habremos salvado un escollo importante, al que los últimos cambios que estamos afrontando nos ha llevado.

Esta suscripción será libre, aunque preferiblemente por un mínimo de 50 euros, y podrá aplicarse tanto a los nuevos títulos que están por aparecer, como incluir títulos ya editados. Se podrá elegir también suscribirse solamente a una colección, o bien a títulos sueltos.
Los suscriptores tendréis un descuento del 20% del pvp sobre los libros, además de un libro de regalo; y recibirán sus libros antes que en las librerías.

Os podéis suscribir mediante un ingreso (libre, pero preferiblemente mínimo de 50 euros), en el número de cuenta: 
3058 0181 08 2810009790,
con confirmación del mismo en el correo grupo_ajec@msn.com, o bien editor@grupoajec.es con vuestros datos y direcciones para los envíos.

Para cualquier consulta podéis escribir a grupo_ajec@msn.com y estaré encantado de resolver vuestras preguntas.

Espero que entre todos podamos ayudar para salir adelante. Muchas gracias por vuestro apoyo por anticipado.

Raúl Gonzálvez.

lunes, 31 de enero de 2011

HYPERION



Por Pilar Alberdi

Yo estuve allí.
Es una forma de decir, sin duda, que la obra nos llegó. Es la mejor forma. ¿Yo estuve allí? Sí, estuve, me sentí parte de ese viaje de peregrinos a Hyperion, en parte también porque la estructura basada en relatos y en primera persona nos hacía ese mundo más cercano, aunque lo conocíamos bien por ser el nuestro o casi el nuestro.
Dan Simons sabe reflejar los sentimientos. Pondré un ejemplo sencillo al final. Pero me gustaría destacar la maestría de este autor señalando otra obra suya, el relato La foto de la clase de este año, que pudimos leer, incluso con una introducción suya a la antología, en el libro Zombies -Antología de John Joseph Adams, publicada en España por Minotauro.
Por otra parte, me parece justo señalar que este libro revela algo profundo. La imposibilidad de crear realidades sociales distintas a las que conocemos. Estoy convencida de que tenemos la rara idea de que tratándose de Ciencia Ficción, lo conseguiremos. Pero, ¿cómo podríamos? No llegaremos más allá de imaginar unos seres o animales distintos, ¿hasta dónde diferentes? Que sean más altos, con más o menos escamas, similares a diablos, ángeles... Quizá cuando logramos imaginar distintos modos de ser y de relacionarnos es cuando mejor logramos la distancia con nosotros, tal y como nos reconocemos. Angela Le Guin es un buen ejemplo, con sus hombres-madre y el tipo de relaciones que mantienen, y sin duda, algunos de los seres que nos da Juan Antonio Fernández Madrigal en Fragmentos de Burbuja (Editorial NGCficción!, 2010) también lo consiguen. Acabamos preguntándonos quiénes son, qué son, por qué piensan así. Seguramente hay otros ejemplos que ustedes conocen y yo también, y que podríamos citar aquí. Pero los que acabo de nombrar, me parecen suficientes para ir ordenando estos pensamientos.
Hyperion recoge componentes históricos y metaliterarios. Un tal Joseph Severn, uno de los personajes, fue en su día el escritor John Keats, el mismo que vivió en un apartamento en la Piazza de Spagna en Roma; el mismo que escribió un precioso poema titulado Hyperión, y otro La caída de Hyperion. Joseph Severn, resulta ser, además, una especie de hermano gemelo de un tal Martin Silenus pero que está en otro lugar de este mundo en que se mueven los personajes.
Cuando Dan Simons escribe las obras que se inician con Hyperion estábamos en los inicios de internet, quizá de otro modo no hubiera hablado de una “Red de mundos”. Recuerdo con qué insistencia se aplicaba el concepto de «red» en aquel tiempo. El parecido es lógico: se habla de la existencia de receptores de ultralínea, ordenadores capaces de convertir y decodificar una explosión de taquiones desintegrados. Se acompañan los datos con referencias a proyección, paneles, chips; y por supuesto de imágenes que pueden verse a través de ologramas.
Los elementos referentes a la guerra están explicados por palabras como flota, bárbaros interestelares, jefatura de Fuerza, batallón, coronel, combate, teniente, tropas blindadas, capitán, soldados, tripulantes, puerto espacial, nave arbórea, teleyectores... Se bebe wiskhy, y en ese mundo interconectado interestelar, se oye, como lo haríamos aquí, la música de La cabalgata de las Walfquirias, o, por poner otro ejemplo, el Preludio en do menor de Rachmaninov en un viejo Steinway, nada menos, aunque la Vieja Tierra pertenezca al pasado.
La forma de definir lo político tiene sólo variaciones terminológicas con lo que conocemos, pero al fin y al cabo, representan casi lo mismo con sus variantes: la FEM Meina Gladstone es funcionaria Ejecutiva Máxima del Senado. Se dice en la obra: jefatura, cónsul. Son términos que conocemos. Hay un centro administrativo de lo que es la Hegemonía y el Centro Tau Ceti; llegan inmigrantes, aunque estos sean un “enjambre migratorio exter de 4.000 unidades”. Y como amenaza tiene su peso en la historia, y sirve como un Mac Guffin estupendo, que se suma a otros, como el de poder llegar hasta Hyperion y luchar contra el Alcaudón. Desde el punto de vista religioso, también se denomina a este personaje el Señor del Dolor, y a su Iglesia, de la Expiación. Dicho lo anterior, no resulta casual que a las Tumbas del Tiempo se las denomine Arca de la Alianza. Y como era de prever, no faltan referencias bíblicas, sacerdotes, peregrinos, y rituales de sacrificio que tienen que ver con la cruz y la resucitación.
Me temo, lo digo sinceramente, que no somos capaces de inventar «otros mundos» sin hacerlos parecidos al nuestro. Y es, lógico.
Tomando en cuenta el aspecto físico de algunos de los personajes de esta historia, hay unos androides de piel azul. Ya Philip K. Dick los tiene así en un relato. Me temo, jóvenes apasionados del cine, que hay poco de nuevo en Avatar, si además sumamos que un artista como Magritt ya había dibujado esa especie de islas flotantes en el cielo.
Bajo el concepto «vehículos», además de las naves estelares, la principal se llama «nave arbórea templaria», observemos la identificación religiosa de la palabra utilizada, hay una embarcación a la que el autor llama «carreta eólica» y que navega por un río. Y para mí, el viaje que emprenden en ella los peregrinos fue uno de los más especiales de la lectura. Casi podía sentir el viento y el movimiento con el avance, más el pánico de los peregrinos. Podían pasar tantas cosas en ese trayecto... Tiene la narración de ese periplo el encanto de algunos viajes relatados por Graham Greene o Josep Conrad, en donde el peligro y la gran serenidad causan una sensación de expectación única.
Tenemos unos seres a los que se llama «bikura» muy similares al concepto de indígenas propio de los siglos pasados, y que son seres que en cuanto desaparece uno surge otro. Sin que exista una explicación coherente. Aspecto que los peregrinos intentarán investigar.
En otro aspecto, se comenta que uno de los protagonistas conoce las teorías de Kierkegard, y la historia de Abraham, y en buena medida los llamados peregrinos que irán a Hyperion con el fin de salvar el mundo conocido representan a varias de las religiones que conocemos (católica, protestante, judía...) La musulmunas por referencias a uno de los personajes. Y si observamos bien, la enfermedad que sufre la hija del cónsul, y que en la narración se la denomina como “mal de Merlin”, ya la conocíamos aunque sea creada por la imaginación, es la misma que sufre Benjamin Button, el personaje del escritor Scott Fitzgerald, en la obra homónima, y cuya realización fílmica hemos visto hace poco tiempo en las salas de cine. Recordarán que a causa de la enfermedad y por un raro proceso, el envejecimiento y la desaparición final se produce rejuveneciendo, por lo que se alteran todas las relaciones lógicas, tanto biológicas como sociales y de relación.
En esta obra, las Tumbas del Tiempo son pirámides, hay efigies, y se trae a colación a Keops, y hasta se habla de alfombras voladoras, al más puro estilo oriental de los cuentos de Las mil y una noches.
En resumidas cuentas, como estuve allí, como sentí viva la obra, sólo me decepcionó de la novela el final, porque todas las fuerzas nos arrastraban a ese final tan esperado, que luego se quedó pendiente hasta la publicación del segundo tomo.
De todos modos, lo que yo quería resaltar es lo difícil que resulta inventar mundos fuera de los parámetros culturales en que nos movemos (política, religión,cultura...). Y esto que es un problema, también resulta un beneficio. Nos resulta casi imposible, a nivel psicológico, identificarnos con seres o vidas que no se parezcan a las nuestras.
Pero el Dans Simon que escribió este primer libro de la saga, ya era un hombre maduro, y esta obra resulta, así me lo parece en el primer y segundo libro, como un compendio, una fotografía de quienes somos. Además, como escritor, es ya un hombre que mira atrás, que acarrea un pasado, y puede ofrecernos imágenes y sentimientos en los que una persona joven, quizá, no puede reparar, porque aún no ha llegado a ese momento.
Pondré el ejemplo que les había prometido al comienzo de este artículo. Como en el mundo en que se desarrolla la historia hay viajes espaciales, y diferencias causadas en el orden tiempo-espacio, cuando el personaje masculino vuelve a ver a la persona que amó cuando era joven, es decir una muchacha que en el momento del nuevo encuentro ya es una anciana, y además también es un alto cargo en la administración política (en este sentido Simons da lugar a las mujeres con puestos importantes), explica:
«Le besé los hombros, el cuello, las sombras de marcas de elásticos en el vientre tenso y la cicatriz que un accidente le había dejado en la pierna cuarenta años atrás. Le besé el cabello entrecano y las arrugas trazadas en mejillas otrora tensas. Le besé las lágrimas».
Ahí está, el paso del tiempo, la degradación de los cuerpos, y, por supuesto, pese a todo, el amor.
Ella le contesta, no sé si a continuación de esta observación o de otra posterior: «... sabes muy poco, querido mío. (...)Hay que vivir para saber las cosas realmente».
Y es que él, aún no ha envejecido. Y en esta época en que se valora la juventud como un símbolo de éxito, como un papel colorido y brillante con el que se pueda envolver cualquier objeto o idea que se desee vender, la madurez intelectual que el escritor muestra en esta obra me parece sobresaliente.
Por último, decirles que la edición española estuvo a cargo de Ediciones B, y el traductor fue, un apreciado escritor argentino de Ciencia Ficción al que hemos entrevistado en este blog, Carlos Gardini, del que pueden encontrar aquí una entrevista y referencias a sus obras.
Y alguien me dirá: «Pero esa obra se editó hace mucho». Sí, y qué. Por ella no pasa el tiempo, no más que en nosotros. Y, además, se sigue y se seguirá editando.
Me pregunto: escribir... ¿Qué es escribir? ¿Vivir...? Tal vez... Pues, si es así, sigamos adelante con renovado ánimo e intentemos volcar sobre el papel aquello que imaginamos.

jueves, 1 de julio de 2010

NOVELA NEGRA Y DE TERROR




Texto: Pilar Alberdi
Ilustración: Jalón
Enlace a la página del ilustradoraquí
También en Blogs que sigo.

Para Patricia Higsmith, el «suspense» dentro del género negro, se produce cuando hay peligro de que acontezca una acción violenta que puede llegar, incluso, a amenazar con producir la muerte. Su concepto de «suspense» incluye la sorpresa. Verdaderamente, en esto ha acertado la autora, porque la sorpresa de una acción o suceso inesperado es la base de todo trauma. Y lo imprevisto, si es algo que supone riesgo para la propia vida, provoca miedo y terror.
John Gardner pensaba que: «toda buena ficción (sea del tipo que sea) ya tiene algo de suspenso». Estoy de acuerdo. Cuando uno argumenta, pongamos por caso una historia, y el que escucha o lee tiene interés en ella y no conoce el final, ya hay suspenso.
A Alfred Hitchcock le encantaba hablar de la diferencia entre sorpresa y suspense. Al público no hay que dejarlo huérfano de la verdad, pensaba el cineasta. Si se trata de una bomba debemos saber dónde se oculta y quien puede morir. Si de un virus cuando se pueden contagiar las personas y cuáles son las consecuencias. Ese es el suspenso según Hitchcock. Primero la identificación con la(s) persona(s) que van a sufrir un acto o una circunstancia determinada, en ese momento se produce el suspense, la duda, el temor, sobre lo que les ocurrirá. En estos casos, el lector o espectador sabe tanto como el autor y algo más que los personajes y sufre con y por ellos. Desde luego que si uno lee un libro de terror ya sabe que algo sucederá en ese sentido y lo mismo si va a ver una película, pero si, además, se conoce la fuente de ese peligro (una bomba, un asesino, un ejército invasor, un virus letal, unos seres alienígenas, la lucha entre las grandes potencias...) tanto mejor. Para Hitchcock, lo que el autor debe hacer, es crear la emoción del miedo.
Truffaut define a Hichcock como un miedoso, Patricia Higsmith se refiere a ella misma como miedosa. ¿Es a fin de cuentas el escritor de obras de suspenso, terror, ciencia ficción alguien que busca enfrentarse a sus propios miedos? Yo reconozco que me cuesta soportar que un armario permanezca abierto de día e incluso de noche, aunque no me asusta la oscuridad y aunque sepa lo que hay dentro de ese armario. Para mí tranquilidad, es necesario que esté cerrado. ¿De dónde me viene este temor que, al parecer, se creó en la infancia, en circunstancias de las que yo misma no recuerdo nada? ¿Acaso fue después, en lo que vi en las imágenes de una película que tampoco puedo recordar? Sinceramente: no lo sé. De hecho, cada uno de nosotros ha sido educado en la precaución sobre los comportamientos que puedan tener los demás. Indicaciones como la de tener cuidado con los extraños, no aceptar nada que nos ofrezca un desconocido, no ir solo por sitios apartados... Y nosotros como padres, hemos hecho lo mismo. Y como cada prevención, incluye, el miedo a que pase algo malo, lo transmitimos directa o indirectamente.
Uno de mis libros preferidos sobre técnica de guión, y que forma parte de una querida lista de libros a los que cada cierto tiempo doy un repaso, es El guión —Sustancia, estructura, estilo y principios de la escritura de guiones— de Robert Makee . En una de sus páginas se encuentra una definición que me parece clave. Dice el autor que en una historia, lo verdaderamente importante, es la diferencia entre lo que anhelan o desean los personajes y los resultados que obtienen. ¿No es acaso así como sentimos las personas? ¿No calculamos así sobre los resultados de nuestros actos o nuestra vida?
Observando estos principios y releyendo hace un tiempo la novela Las Ruinas de Scott Smith, autor también de Un plan sencillo, algunos de ustedes quizá hayan visto la película, podemos percibir cómo el escritor, refiere constantemente, lo que fue el deseo del grupo y de cada individuo (pasar unos días de vacaciones, conocer gente, enamorarse, vivir aventuras) con relación a los hechos que están ocurriendo (acudir a un sitio inhóspito, sufrir accidentes, incluso la muerte...). Es decir, el autor habla de forma explícita de lo que sienten como inesperado los protagonistas, frente a lo que fueron sus anhelos y sentimientos con respecto a ese viaje.
Nuestra vida se mueve entre dos polos. Sigmund Freud los denominó, como Principio de placer y Principio de realidad. Otros pensadores habían identificado el tema previamente con referencia a los deseos que tienen las personas y la necesidad de controlarlos por una autoridad. Pero veamos lo que dice Freud con posterioridad. Por el Principio de placer, al que también se identifica con el principio de vida, somos el niño que todo lo desea y no repara en consecuencias. De hecho, hacernos conscientes de ellas, nos hace adultos. Por el Principio de placer, esperamos que nuestros deseos se cumplan. Llegamos a creerlos posibles. Pero el Principio de realidad (al que se identifica con el de muerte), nos recuerda los obstáculos, las limitaciones, los derechos de los demás frente a los nuestros, y nos va haciendo, sino totalmente, un poco más tolerantes a la frustración con cada nueva imposibilidad de conseguir nuestros deseos.
Nuestros personajes, cuando escribimos, también piensan que podrán recorrer una calle oscura sin peligro, conseguir un ascenso o el amor de una mujer o un hombre. Luchan para obtener sus objetivos (sus deseos o principio del placer) ya sea exigiendo justicia, preparando una venganza, y se encuentran con las consecuencias (resultados o principio de realidad, que los llevarán o no, a cumplir sus expectativas), por ejemplo, un juez corrupto, la presencia de la policía, una traición.
Tanto Hitchcock como Salinger, sabían que el 80 % del contenido de un mensaje, no está en las palabras sino en otros indicadores como el tono, la postura, la actitud, etc. Este 80% lo captamos con el hemisferio derecho de nuestro cerebro. El 20% que son las palabras lo razonamos en el hemisferio izquierdo. ¿Tenemos en cuenta estos datos cuando escribimos? Si con el paso del tiempo hemos conseguido que los dos hemisferios trabajan formando un buen conjunto, podremos sentirnos más seguros. No en vano desde hace bastante tiempo, la inteligencia también se mide por un componente, al que antes no se prestaba atención, y que es el Coeficiente Emocional. En suma, Hitchcock era muy consciente del valor de ese 80%. basado en las intenciones, las actitudes y los gestos. Tanto, que llegó a decir que lo que dicen las personas es sólo «ruido», y que el contenido de los mensajes está en lo que dicen los ojos.
En esa interesante conversación que mantuvo con Truffaut, afirma que a medida que pasa el tiempo, la sociedad en general, disimula mejor sus sentimientos bajo las máscaras de sus rostros. Sostenía que hemos aprendido a que nuestras facciones permanezcan estáticas, que somos capaces de disimular las emociones, y para comprobar la diferencia con épocas anteriores recomendaba que viésemos películas, por ejemplo, de la primera mitad del siglo XX. Evidentemente, Hithcock es la antítesis de Wody Allen.
Siempre me asombra cuánto saben los demás. Es decir, los que ya han hecho un recorrido en su arte, los que han aprendido de otros y los que conocen por su propio trabajo la tarea que tienen entre manos. Quizá, por esa misma razón, me molestan las divisiones de conocimiento. ¿Por qué quedarse sin leer técnica de guión o de teatro aunque uno se dedique al relato o a la novela cuando el público lector está tan acostumbrado a ver películas? ¿Por qué ese afán de desestimar los diálogos que mantienen algunos cuando se trata de escribir una novela? Pregunto: ¿lo que Hitchock dice sobre cómo acentuar la intensidad de unas escenas dividiéndolas, no valdrá igualmente para el cine que para la novela e incluso para el relato aunque sea breve? ¿Y lo que dice sobre la utilización de tipos de planos largos, medios o cortos para causar más o menos dramatismo, no valdrá igualmente para la prosa y la forma de presentar unos hechos? Sigo con las preguntas... Ya ven, hoy es un día de preguntas... ¿Por qué, como afirma el director de teatro David Mamet, los autores se cansan, se detienen en la escritura de su propia obra justo cuando ya la tienen definida, es decir en el segundo acto, precisamente cuando ya están mejor posicionados que antes para acabarla? O ¿por qué —se pregunta este director— casi todas las confesiones de los personajes, cuando se trata de un tema importante, por ejemplo un secreto, se producen cuando se ha llegado al 70% de la duración de la obra? ¿De qué sirve el famoso Mac Gouffin? ¿Realmente tiene tanta importancia, o podemos ir pasando de un Mac Gouffin a otro, sólo para continuar arrastrando al lector en la lectura o en la pantalla como pensaba Hitchcok? ¿Qué hacemos? ¿Damos importancia al párrafo como piensan algunos o al capítulo como opinan otros? ¿Cómo rompemos la anticipación de futuros hechos que el lector pueda estar suponiendo sin por ello faltar a la verisimilitud y sin engañar al lector? ¿Es importante variar el ritmo de las frases y su duración? ¿Por qué el aumento de detalles sensoriales aumenta la calidad de la percepción? ¿Qué significa que un texto tenga un «significado emocional pleno» y ésto sólo ocurre cuando consideramos que es una obra que nos ha llenado, nos ha colmado, aunque acabe mal o como no esperábamos? ¿Por qué para unos críticos es tan importante el punto de vista desde el que se muestra la historia y para otros no? De hecho los escritores de antes mezclaban la primera persona con la tercera sin ningún problema. ¿Nos emociona de igual manera un argumento que el autor conoce desde el inicio de su obra, de aquel otro que se ha ido elaborando y reelaborando bajo el efecto de la sorpresa del propio autor?¿Y todo ésto, digo yo, no tendrá también que ver con el suspense? Por supuesto que sí. El suspense también está en la técnica, y sobre todo en crear la emoción.
A veces se oye decir que un texto tiene demasiada descripciones, pero es con ellas con las que podemos dar vida a los personajes. No basta decir que un personaje se mira al espejo, no; pero si añadimos lo que está sintiendo cuando se mira al espejo diremos algo de la persona...
Estos días he tenido la oportunidad de leer un librito pequeño de la profesora Miriam Rodríguez. El libro se titula Cuadernos de lengua española. Dice: «La creación de los personajes requiere una habilidad extrema del narrador, pues es necesario presentarlos como seres vivos, capaces de sentir y de hacer sentir, es decir, hay que darles contenido humano».
Además, es con nuestra personalidad con lo que escribimos. Y esta personalidad también está hecha de nuestro temperamento, lecturas, anécdotas, edad, comprensión, y un largo, demasiado largo, etcétera. Pero por si esto no fuera suficiente problema, está el lector, co-partícipe de la obra a través de la lectura y él también aporta sus propio carácter, conocimientos, lecturas, forma de ser. Chejov decía que él no daba demasiados detalles porque siempre contaba con la subjetividad del lector. Y cada uno de sus lectores aportaría algo al cuento, diferente de la intención del autor y de las interpretaciones de otros lectores.
Y ya para terminar, creo, sinceramente, que es una de las primeras cosas importantes que se debería explicar a los jóvenes escritores. Conócete a ti mismo... Habría que empezar por ahí. Mira en tus emociones. Y tal vez, conocerás la materia de la que está hecho el suspense.

Por referencias:
Hithchcock. Entrevista de Francois Turffaut. Colección Cine y comunicación. Alianza Editorial, Madrid, España, 2007.
Álvarez, Miriam. Cuadernos de lengua española. Tipos de escrito I: Narración y descripción. Arco/libros, S.L., Madrid, España, 2000.

Nota: mi agradecimiento a Jalón por el aporte de su ilustración titulada El cuervo y la Zorra.

miércoles, 26 de mayo de 2010

LO QUE YO SÉ DE BRADBURY, DICK, ASIMOV, SCOTT CARD...



Por Pilar Alberdi

Fotos: NASA (free)

Alguna vez quiero oír la canción Hermoso Ohío, y conocer su letra en español para saber lo que dice. Bradbury la cita en los relatos de Crónicas Marcianas y también en el cuento titulado La bruja de abril de la antología Las doradas manzanas del sol. ¿Qué significado tenía esa canción para él? ¿Acaso era el encanto de su melodía? ¿Tal vez el recuerdo de lo que sucedía la primera vez que la oyó?
Dicen que el escritor se escribe a sí mismo. Tal vez sea así. Habla de lo que quiere oír, de aquello que quiere afirmar, de lo que piensa otros no están diciendo, o de lo que cree él también tiene algo que decir. Releyendo a este autor una siente que ese mundo siempre dispuesto a desbocarse en una guerra, tiene hombres, mujeres, jóvenes y niños sensatos. Es verdad que hay de todo, pero hay gente buena en sus relatos. Bradbury resulta un escritor amable, y aún así lo dice todo. Habló hacia 1949 de los problemas raciales de su país, pero nadie le aceptó el cuento El otro pie que acabaron publicándoselo en París. Es un cuento muy fuerte. En un cuaderno tengo apuntado que después de leer ese relato hay que tomarse un descanso... Otro cuento con este tema es El gran juego negro y blanco donde logra explicar como la admiración sobre los cuerpos y la alegría ajena de los más pobres y desposeídos, también puede convertirse en envidia para los más ricos. Se trata de un simple partido de beisbol entre blancos y negros, pero la frase final remata el cuento: «¿No sería terrible que ganasen ellos?» . «Son capaces, ¿sabe usted? Son capaces»
Me gustan sus metáforas. A las de Bradbury me refiero. Me gusta esa luz de un faro que barre el mar como si fuera la cola de un animal. Me gusta ese «contribuyente» que justificando el pago de impuestos, exige que lo lleven a la luna. Hemos visto algunos nuevos ricos paseándose por el espacio últimamente... También son “contribuyentes”... Otra variedad.
Me gusta la poesía de Bradbury. Le permite afirmar que unas campanas doradas duermen en el interior de un campanario. ¡Qué belleza la del relato El ancho mundo allá lejos en donde una mujer baja todos los días a buscar el correo y comenta como si las hubiera leído las cartas con su vecina que es analfabeta, lo que hace que comience a tener sentimientos de inferioridad mientras crece en su interior el deseo de aprender a escribir y a leer. En ese momento llega de visita un sobrino que sabe escribir. La mujer quiere recibir cartas, sentir lo que siente su vecina. Escriben solicitando folletos de propaganda, cualquier cosa con tal de recibir una primera carta. Y el día que llega el cartero que pasa en un carro, la mujer se da cuenta de que nunca antes lo había visto. ¿Y entonces la cartas que recibía la vecina de quién eran, cómo llegaban al buzón? Esos son los cuentos de Bradbury. Así nos enteramos que la vecina tenía un par de cartas que volvía a poner una y otra vez en el buzón y también nos enteramos de que no sabía leer. Y es un cuento que no sabemos si es ci fi, pero nos da igual. Al menos, a mi me da igual. Es fantástico y nos toca el alma.
¡Qué a gusto canturrean las mujeres de Bradbury en las cocinas! ¡Qué contenidos son los personajes masculinos en sus emociones! ¡Qué bien relata los preparativos para la guerra, el trabajo en las fábricas, el avance de una técnica que no se sabe si ayudará o destruirá a la humanidad!
Bradbury estira el relato a fuerza de sucesivos y pequeños climax, hasta que llega el último. Yo no escribo los relatos de ese modo y quizá por eso me llaman la atención.


Dick comienza muchos de sus relatos con una discusión. Generalmente se trata de matrimonios. Por ejemplo, en el relato Sobre manzanas marchitas. También en Humano es. Y en La maqueta. Dick como Bradbury se hizo eco de los problemas causados por la segregación racial.
En algunas de las notas a sus cuentos habla de los niños. De lo fácil que es dañarlos. En algunas de las notas a estos cuentos indica considera que son más sabios que los adultos, y aclara “vaya, he estado a punto de escribir, más sabios que los humanos”. ¡Divina ironía! En otro apartado dice: “como toda raza sometida, se les ha enseñado a obedecer”.Y en Humano es hace una declaración de principios, al afirmar que no es el aspecto ni el planeta donde has nacido lo que importa sino la bondad. «La bondad —afirma— nos distingue de las rocas, los palos, el metal; y así será siempre». A Dick le preocupaba esta «sociedad uniforme», la guerra, la destrucción del mundo. Un tema muy importante para él en su obra es descubrir quién es humano y quien lo aparenta. E incluso lo hace cuando se trata de robots, quién es el verdadero, quién el que lo parece.

Asimov igual que Dick se acerca a los temas manteniéndose alejado, frío... Quizá lo era o, al menos, era su forma de enfrentarse al mundo. De poner distancia. Afirma en sus Memorias (me refiero a las última, no a las dos anteriores) que no le gustaban los niños. Sin entrar en su vida privada y familiar, estas memorias abundan en detalles que explicarían su manera de ser así como su obsesión por escribir más y más obras, llegando a cuantificar como propias, incluso, las que sólo había antologado. Inflado de una vanidad de la que él mismo acabó riéndose, era parte de su manera de ser, de su defensa. Pese a eso tiene algún cuento con niños que es muy bueno. Y con el tiempo llegó a afirmar que lo importante de escribir era el proceso, algo que cualquier escritor que disfrute escribiendo, lo corroboraría. Igual que Stephen King se quejó de no ser sido considerado buen escritor por la crítica especializada. Con el correr de los años llegó a considerar las críticas adversas a sus libros como propaganda. A fin de cuentas, decía, no era lo ideal, él prefería la crítica buena, pero servían para resaltar la obra.
Sobre plagios, él mismo admite que ha plagiado, inconscientemente, y pone el ejemplo de su relato Anochecer sobre el cuento Antes de la edad de oro de Jack Williamson. Y Lest We Remember sobre Algernon de Daniel Keyes. También indica que Fundación tiene mucho de Historia de la decadencia y ruina del imperio romano de Edward Gibbon. Yo encuentro un gran parecido temático en Los nueve mil millones de nombres de Dios de Arthur C. Clark y La última pregunta de Isaac Asimov, pero no sé cuál fue escrito primero. Incluso Asimov, tiene otro cuento ya citado,Anochecer que va sobre el mismo tema, la llegada de la oscuridad total a la tierra cuando se apagan las estrellas. Y dentro de estos parecidos también podríamos añadir El gran apagón de Bradbury. Y así, muchos más seguramente.
Hablando de parecidos quizá el más actual sea el del guión de la película Avatar con el cuento Llámame Joe de Poul Anderson, donde un avatar al que se ha preparado para vivir en otro planeta, es azul grisaceo, y lo dirige una persona paralítica, que revive a través de este ser, la movilidad y ciertas emociones que ha perdido. Y ¿esas montañas islas flotantes? ¿No nos recuerdan un cuadro de Magritt?
Volviendo a Asimov, me gustaría citar un cuento suyo sobre la condición de ser mujer. Cuando una editora le criticó que no hiciera robots mujeres, en el sentido de que tuviesen un parecido mental con éstas, escribió o, al menos publicó un relato titulado Intuición Femenina. Cualquier mujer actual se sentirá representada en ese cuento en el que las mujeres parece que siempre tienen que demostrar más para ser valoradas en igualdad de condiciones con los hombres, especialmente, en el ámbito laboral.



Orson Scott Card. Me gustó en su día El juego de Ender , pese a que algunos dicen que es puro diálogo. Pero no me agradan los cuentos que nos van ofreciendo de este autor. No me llenan en la primera lectura aunque no dejo de recordarlos con el paso de los días con lo cual, de algún modo, me llegan hondamente. Y debo reconocerlo.

Quiero hacer una referencia especial a una autora que escribió bajo seudónimo masculino: Alice Sheldon y a su cuento «Amor es el plan, el plan es la muerte». Firmó la autoría bajo el nombre y apellido de James Tiptree, Jr. También utilizaba otro seudónimo. Este relato fue Mejor relato corto, de los premios Nebula de 1973. ¿Es ciencia ficción? No lo sé. Para mí es fantasía como puede serlo el relato Los osos descubren el fuego de Terry Bisson. Sólo que el cuento de Alice Sheldon, es demoledor, aplastante. Un gran cuento. De los que no se olvidan.
También hay por ahí otro relato de J. R R Martín, Los reyes de la arena, que logra impactarme con cada nueva lectura pese a que conozco el argumento. Y es que tiene fuerza el autor de Juegos de Tronos.

Sin duda, la ciencia ficción pese a las variaciones con las que se la ha intentado definir, es sólo esto: unas personas llamadas autores, unas formas de entender y de explicar el mundo en el que viven desde su propia experiencia personal y social.

Referencias: Los Cuentos Completos de Asimov (volúmenes I y II), más la Selección de Premios Nébula los podrán encontrar en Ediciones B. Los libros de relatos de Orson Scott Card, El ahorcado y Milagros crueles, también están en la anterior editorial. La antología de relatos de Dick (volúmenes I-V)en Minotauro de Planeta.Lo mismo para Las doradas manzanas del sol y El hombre ilustrado de Bradbury.

miércoles, 5 de mayo de 2010

ZOMBIES - Antología de John J. Adams (Minotauro, Editorial Planeta, 2009)



Foto y texto: Pilar Alberdi

Con los años ha aumentado mi conocimiento de que los escritores, al menos gran parte de ellos, son personas que realizan grandes esfuerzos para enfocar ciertos temas de un modo diferente a lo que ya se había hecho. Quizá el tema zombie sea, en cierto modo, una excepción. Lleva cierto tiempo siendo siempre un poco más de lo mismo: esa horda, esa masa de muertos vivientes buscando a los vivos para comérselos. Visto así, algunos escritores renunciaríamos a escribir sobre el tema. No sé en dónde leí, siento no recordarlo, que esta visión zombie responde a la forma de ver las superpotencias el mundo, hay enemigos, son inferiores y se los puede vencer. Y al conseguirlo se sienten seguras. No sé si será así. Supongo que a los países así como a las personas sus perores pesadillas se les aparecen en sueños. De cualquier manera, yo percibo que en el tema de la ciencia ficción, los escritores norteamericanos han sabido señalar los puntos débiles de su país como el militarismo, las guerras, el cambio climático, infecciones y virus, la diferencia con los otros, etc. ¿Hace falta nombrar autores? Creo que no. Pero pongamos a Clarke, Dick, Bradbury, Asimov, y ya tenemos por dónde iniciar la lista.
A mí me gustan las antologías de relatos que hacen los norteamericanos porque suelen presentar al autor y, además, muchas veces acompañan una pequeña información sobre las razones que motivaron la idea del cuento. Veamos algunos ejemplos de lo que digo en este libro. Nina K. Hoffman autora del relato El tercer cadáver señala que se pasó un verano leyendo casos de psicópatas, y como resultado pudo escribir ese cuento. Seguramente, escribió más. A Jeffrey Ford su cuento El zombie de Mathusian le surgió de la lectura de un artículo de psicología de Julian Jaynes. Otros como Darrell Schaweitzer volvieron su mirada sobre casos sin resolver. Laurell K. Hamilton considera normal hablar de muertos o espectros porque ese tema estaba muy presente en las historias de su familia. Norman Partridge comenta que la idea de su relato Hermosa como la noche surgió mientras miraba La noche de los muertos vivientes. La estaba viendo en un autocine y al recordar que el lugar estaba rodeado por tres cementerios, junto con su miedo apareció la idea del cuento. Otros escribieron por una apuesta que hicieron con otros compañeros de profesión. Hay quien lo hizo pensando en la crucifixión; quien busco cómo tratar el tema de los zombies bajo un aspecto político; quien buscó un lugar mágico que sirviera para ambientar un relato; e incluso quien se inspiró en un compañero de profesión adicto al alcohol.
Entre los relatos que me han gustado mucho están: El tercer cadáver de Nina K. Hoffman, Flores de David J. Schow y La foto de la clase de este año de Dan Simmons.
Los traductores de estos relatos han sido: Patricia Nunes, Diana Falcón, Simon Saito y Bettina Blanch.

viernes, 30 de abril de 2010

DAVID G. PANADERO, EL AUTOR



Fotografía: Cristina Valentín

TERROR EN PÍLDORAS, EL LIBRO


ENTREVISTA A DAVID G. PANADERO

Por Pilar Alberdi

Con muy atrayente portada y excelente calidad literaria, tengo en mis manos Terror en píldoras —Las películas episódicas de terror—, el nuevo libro de David G. Panadero, periodista y director de la revista Prótesis —Publicación consagrada al crimen—, creada en 2002, editada en los últimos tiempos por VOSA y Diábolo Ediciones, y que desde 2009 se mantiene como blog, a la espera de volver al formato de revista en papel. La revista Prótesis ha conseguido reunir en sus páginas un selecto grupo de colaboradores que hace notable la calidad de los textos, el análisis, y la deconstrucción de los temas permitiendo un gozo intelectual relevante: estamos ante gente que piensa, y que no pasa por encima de las cosas sin profundizar antes en ellas.

Y al abrir el libro esto es lo que ha sucedido. Lo diré claramente: las primeras palabras de la dedicatoria me han emocionado, y si no prueben ustedes a leerlas.

«A mi padre que nunca quiso
ver estas películas. A mí
madre, que las veía sólo
por estar conmigo».

El libro editado en noviembre de 2009, es un exquisito ensayo del género de terror elaborado con la intención de llegar al lector común. Por tanto, el autor, ha evitado expresamente cualquier tipo de erudición y de extensión innecesaria con la intención de acercarse a la mayoría. Ya en la introducción titulada «Antecedentes literarios» se nos dice que recibamos la lectura de Terror en píldoras —Las películas episódicas de terror— como si estuviésemos en una reunión de amigos, alrededor de una fogata, mientras un «maestro de ceremonias», nos cuenta historias de terror reflejadas en las películas que analiza. Personalmente me he dejado llevar por el excelente texto de David, avalado por sus muchos años como editor y periodista. El vuelo onírico ha sido perfecto, las llamas de la fogata ni muy bajas ni muy altas, el calor y el temor en su punto, el maestro de ceremonias, sin duda, el mejor que podíamos tener para llevar adelante este proyecto. «Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant, Nathaniel Hawthorne, Lovecraft, Tolstoi…» Esa es la base, viene a decirnos David, de lo que hoy se escribe y se ve en las películas. Eso y la tradición oral.
Como les decía, Terror en píldoras cita con especial dedicación películas episódicas del género que han hecho historia. Pero de esto hablaremos un poco más adelante. Si te parece bien, David, me gustaría que nos centrásemos en primer lugar en qué es para ti un buen «maestro de ceremonias» y una «atmósfera atrayente» en un film. Pones por caso La niebla (The Fog, 1979), de John Carpenter, con guión de éste y Debra Hill, y yo creo tras la lectura del libro que también debió causarte un impacto especial, En compañía de lobos de Neil Jordan. ¿Me equivoco? ¿Otras que recuerdes especialmente, precisamente por eso, por sus maestros de ceremonia y por su atmósfera especial?

Pilar, estás en lo cierto. En compañía de lobos es una de mis películas de cabecera, de esas que reviso cada cierto tiempo. Y de entre todas las que reviso, es de las pocas que cada vez me sorprenden con un nuevo matiz y me vuelven a emocionar. Me interesa en especial cómo reflexiona sobre la sexualidad, y lo hace con mucha humanidad y sin tapujos, empleando metáforas muy imaginativas. Pienso que su director, Neil Jordan, con ser bastante popular, no está lo suficientemente valorado, y prueba de ello es que algunos de sus primeros títulos son, al día de hoy, inencontrables. Pagaría por una copia en DVD de Amor a una extraña (1990), por citar uno de sus títulos olvidados.
Respecto a otras películas episódicas de las que no he hablado, me quedo con El club de los monstruos (1980), de Roy Ward Baker. Sí, es una película crepuscular, hecha a destiempo y algo decadente, pero me resulta muy divertida y refrescante.

Como habrás podido percibir evité preguntarte cómo surgió tu afición a este tipo de películas porque ya lo sé: a través de la literatura; pero sobre todo porque has sido un niño, y los niños son los que mejor conocen el miedo… Comienzas la introducción del libro citando de manera resumida los antecedentes literarios en los textos que dan origen a las películas de terror y género negro… Has hecho mención —entre otras obras— a cuentos egipcios del año 2000 a C, a las Fábulas de Esopo, las versiones latinas de Ovidio y Lucio Apuleyo, el Panchatantra, Las mil y una noches, por cierto que bonito ejemplo hay en él de esa maestra de ceremonias de los relatos que con ello evita noche a noche su muerte, y por consiguiente la de otras mujeres. Después el Decameron, Los cuentos de Canterbury. Como antecedentes posteriores citas la obra El castillo de Otranto de Horace Walpole, al que el propio autor subtituló Una novela gótica. Sumas después a Ann Radcliffe, a Matthew G. Lewis llamando nuestra atención sobre el hecho de que lo «fantástico» se convirtiese en un subgénero en el Siglo de las Luces, precisamente en un momento de la historia europea dominada por el racionalismo. En tu intención de no olvidar a nadie, traes a William Shakespeare poniéndolo de ejemplo de narraciones donde aparecen fantasmas y espectros. También nombras el Manuscrito encontrado en Zaragoza, obra del conde Jan Potocki o las obras a que dio lugar aquel glorioso encuentro en la Villa Diodati, de Byron y su secretario Polidori con Percy Shelley y la que sería su futura esposa, Mary Godwin, autora de Frankestein. Continúa tu lista con Drácula de Stoker, Las tumbas de Saint-Denis de Alexandre Dumas, El rey de amarillo de Robert W. Chambers, Los tres impostores de Arthur Machen, el Necronomicón de H. P. Lovecraft, La familia de Vourdalak de Tolstoi, La mujer de negro de Susan Hill, Books of blood de Clive Barker… Cuando hablas de este último autor comentas su «modernidad». ¿Qué nos puedes decir al respecto? ¿Es uno de tus autores preferidos? ¿Acaso otro?

Ahora mismo Clive Barker ha perdido el protagonismo que tuvo durante los años ochenta, todo gracias a los Libros sangrientos, tres antologías de relatos que reavivaron el género de terror por aquel entonces. Muchos han intentado responder a la pregunta de porqué nos fascinaba entonces Barker, y alguien contestó que su fuerza residía en su capacidad para crear mitos en tiempos modernos. Cuando el género de terror se volvía más cotidiano y todo sucedía a la vuelta de la esquina; cuando se popularizó definitivamente el american gothic, y en lugar de aristócratas en bosques europeos, los monstruos eran paletos americanos escondidos en moteles de carreteras secundarias. Entonces apareció Barker, devolviendo al género el exotismo de los arquetipos que había perdido. Digamos que este escritor fue a la literatura lo que Clint Eastwood al cine: nos sorprendió por su clasicismo, pero además creó una plástica propia, diría incluso que emparentada con la Nueva carne.


En este momento pienso que los textos religiosos con su carga de culpa y castigos son un claro antecedente de género. ¿Podríamos verlo de ese modo? Poe, Villiers, Potacki… Y más autores lo han tratado, especialmente aquellos temas donde aparece la actuación de la inquisición con su bárbara maquinaria de tortura.

Por supuesto, pero hay una diferencia fundamental: los textos religiosos, de carácter alegórico, tenían un marcado componente didáctico: señalar lo pernicioso de un comportamiento determinado. Sin embargo, la literatura de terror potencia el elemento lúdico de la narración, escapando a valoraciones morales o incluso buscando la provocación al atacar nuestros tabúes y exaltar las conductas transgresoras. Basta con leer a Arthur Machen para apreciar la dignificación del paganismo y de las viejas creencias, y la firme oposición a la iglesia católica. Precisamente por eso, a los escritores de terror decimonónicos les gustaba ambientar sus argumentos en Italia, España o Grecia, países donde la sombra del Vaticano es alargada. Les fascinaban las ruinas de abadías y cementerios porque hablaban de un pasado de cristianismo, poblado por supersticiones, crueldad e intolerancia.

Las películas por sketches, esas que están compuestas de varias historias diferentes, e incluso, a veces, dirigidas por distintos directores y que llegan a las pantallas bajo un mismo título, son las que ocupan la investigación de tu ensayo. Nombras: Al morir la noche, 1945, Tres casos de asesinato, 1954, y Las tres caras del miedo, 1963. También comentas con entusiasmo Historias Extraordinarias, 1968, basadas en relatos de Edgar Allan Poe, y Creepshow, 1982, una película especial, con guiños al mundo del cómic. También has dado un lugar a En compañía de lobos, 1984, donde has hilado fino buscando resonancias psicológicas y artísticas con el surrealismo. Y ahí te he seguido muy bien. A distancia de éstas, tal vez por su menor heterogeneidad o fidelidad al género negro y de terror, también citas entre otras: Doctor Terror, 1964, y El manuscrito encontrado en Zaragoza, también de 1964, con la cual no te muestras conforme al percibir que «todo el sentido de la maravilla de la novela es desperdiciado en el film, ya sea por falta de medios técnicos, ya por eludir el elemento fantástico» o «por dar por supuesto que todo espectador conoce la obra literaria». ¿Películas episódicas frente a películas con un único tema? ¿Inconvenientes y ventajas? ¿El último episodio siempre tiene que ser el más intenso? ¿Se rompe esta regla tácita alguna veces?

Las películas episódicas pertenecen al pasado, al igual que los libros de cuentos. Supongo que ello se debe a las costumbres del público: quizás resulte más cómodo el lenguaje del best seller, que, de forma reiterativa e incurriendo en multitud de subrayados, nos muestran una historia sencilla en la que es imposible perder el hilo. Sin embargo, leer un libro de cuentos requiere más atención: el salto, vertiginoso para muchos, de un cuento a otro, implica a menudo un cambio de registro, de coordenadas, de personajes, y requiere una lectura más sosegada.
Por otro lado, lo cierto es que las películas episódicas eran generalmente de producción muy modesta, lo que puede provocar rechazo en muchos espectadores, acostumbrados como están a las superproducciones.


Tú citas a la directora Wendy Toye que dirigió el episodio «In pictore» de la película Tres casos de asesinato, 1954. Un episodio cuya dirección no dudas de calificar como muy buena. En ese caso ese incidente de gran intensidad aparecía al comienzo de la película. ¿Faltan directoras de cine de terror? ¿Qué está pasando con ese tema? Porque autoras sí que hay. ¿Alguna que prefieras? ¿Por qué?

Tengo que admitir que me pillas fuera de juego. Es cierto que desde hace al menos dos décadas contamos con unas cuantas escritoras de género bastante reconocidas, como Anne Rice, Poppy Z. Brite o Tanith Lee –merecedora de mejores laureles esta última, por cierto–. Sin embargo, me da la impresión de que no sucede lo mismo en el cine, y no se habla demasiado de realizadoras, aunque hay algunas excepciones: la primera entrega de la saga de novelas de Crepúsculo, escrita por Stephenie Meyer, la llevó a la pantalla una mujer: Catherine Hardwicke.
Si pensamos en mujeres que se han centrado en el género fantástico, es inevitable ceder un lugar de privilegio a Mary W. Shelley, que supo aportar una mirada femenina, de alto calado reflexivo y filosófico, con su Frankenstein. Pero en líneas generales, podemos decir que, tradicionalmente, el género de terror ha tenido un enfoque masculino. En la actualidad, es lógico que, con el protagonismo que ha alcanzado la mujer en nuestra sociedad, se hagan cada vez más ficciones a su medida, que respondan a sus inquietudes. Incluso ya existe un subgénero que se acerca a esas expectativas: la romántica paranormal. Lástima que la gran mayoría de obras de esa corriente se queden en la ingenua exaltación del fetichismo y ciertas prácticas sexuales tabú. Aunque, por supuesto, esas prácticas son plasmadas de forma melindrosa y puritana. O dicho de otra manera: para que resulten de “buen gusto” y se puedan ver en cualquier multicine, sin ofender a nadie. Pero, ¿qué es la fantasía sino provocación?


Varias citas del libro El horror en la literatura de Lovecraft, aparecen en tu obra, por ejemplo, sobre la forma de ser diferente por parte de los europeos del norte y los del sur, frente a un fenómeno como el del terror. Los primeros —según la opinión del célebre autor—parecen más inclinados a él, mientras que los segundos se muestran más racionales y pasionales. ¿Te parece que la afirmación de Lovecraft continúa vigente?

Si hablamos de cine, me atrevería a decir que esas fronteras que marca Lovecraft respecto a norte y sur cada vez tienen menos sentido. En un mundo globalizado –marquemos las excepciones que queramos– las películas tienden cada vez más a un tono y una atmósfera más uniforme, dejándose de lado las diferencias locales. Cada vez es más habitual que los cineastas asiáticos hagan sus películas intentando satisfacer a los espectadores occidentales, y a su vez, los cineastas norteamericanos ya se encargan de hacer sus propias versiones de las películas asiáticas. En el caso de España, la productora que más películas de género ha hecho en los últimos años, Filmax, suele ubicar sus obras en una tierra de nadie difícil de identificar, que bien podría retratar las montañas canadienses o el pirineo catalán; el distrito de negocios de Barcelona o el de Nueva York… Puedo contar la anécdota de un amigo cineasta que escribió un guión donde se mencionaba la Gran Vía madrileña. Los productores le echaban en cara que incurriese en citas localistas. ¡Como si tuviésemos que avergonzarnos por vivir donde vivimos!

Hablemos del cine de género español. ¿Avanzamos en esto del cine negro y de terror? ¿Cómo ves el panorama? ¿Alguna película que te haya llamado especialmente la atención?

Pienso que sí, que avanzamos en el cine de género. Sobre todo porque, ya desde los años noventa, hay una generación con una cultura visual muy cercana a la serie B. Vaya por delante que, por más que muchos consideren casposo el terror español de los años sesenta y setenta, a mi juicio hay obras muy estimables y cineastas muy valiosos. Creo que León Klimovsky, Jordi Grau, Amando de Osorio, Vicente Aranda o Eugenio Martín son autores a redescubrir para las nuevas generaciones. Respecto al moderno cine de terror español, no puedo dejar de citar una de mis favoritas: Memorias del ángel caído (1997), de Fernando Cámara y David Alonso. Y no nos olvidemos de otros cineastas que han renovado el medio, como Álex de la Iglesia, Jaume Balagueró o Paco Plaza.
De todos modos, no digo nada nuevo al comentar que en el cine español funciona más el menudeo que una industria como tal. Por desgracia, estamos muy acostumbrados a ver cómo muchos de nuestros cineastas de mayor talento, y pienso en Juan Carlos Fresnadillo, acaban consiguiendo el pasaporte para desarrollar su carrera en el mercado anglosajón. Quizás, si el cine europeo mantuviera un poco de la fuerza que tuvo en los años sesenta y setenta, podríamos disfrutar de un cine fantástico más variado, más espontáneo, y, sobre todo, más nuestro.

David: ¿título del próximo libro? Bueno, tampoco voy a pedir tanto, pero ya lo estoy esperando. ¿Algún adelanto acaso? Creo que deberemos mirar los próximos números de Prótesis, para ver por dónde van los tiros, seguro que logramos intuir algo.

Tengo ganas de hacer algo distinto, algo que nunca antes haya hecho, y ahora estoy dando vueltas a una idea, que empieza a cuajar: un ensayo sobre la película La ley de la calle (1983), en el que no me quedaría en la mera referencia cinéfila. Me gustaría exponer cómo esa película se acerca a determinadas realidades –la violencia juvenil, la vida en los guetos–, y lo expondría partiendo de mis propias vivencias. Creo que a menudo los críticos cometemos el error de hablar de forma impersonal, viendo los toros desde la barrera, como si fuésemos simples observadores que aportan opiniones incuestionables. Cada vez más, intento luchar contra esa tendencia, para implicarme y asumir como propia cada línea que escribo. Creo que los literatos corremos el riesgo de aislarnos entre montañas de libros, y me gustaría pensar que autores como Dickens o Balzac tienen razón, que la escuela es la calle, y lo más importante, por encima de lo que vemos en los telediarios o leemos en Internet, es nuestra propia experiencia.

La verdad es que si bien yo he pasado por las páginas de este libro con verdadero placer, también me he sentido observada… No en vano hablamos del género que hablamos. Pero bueno, también es justo decir aquello de que «si bien nosotros juzgamos un libro, el libro también nos juzga». Y yo tengo que reconocer que aunque me gustan muchísimas películas, y no hay más que mirar en los datos de mi perfil para ver algunos de esos títulos, no es un tema que domine. Y llevo mal eso de recordar nombres de actrices, actores, directores de fotografía, etc. Por lo tanto, haberte tenido como «maestro de ceremonias» ha estado muy bien.

Así un libro que comenzó con una dedicatoria tan especial acaba con una sinopsis perfecta ante cuyo reclamo es imposible negarse a leerlo. Lo pueden adquirir a través de la librería madrileña Estudio en Escarlata
También pueden acudir para más información al blog Terror en píldoras El libro se encuentra disponible en formato papel y también como e-book para ser descargado por Internet en Todoebook.
Para que no dejen de hacerlo, y también para que no dejen de seguir los números de la revista Prótesis, les copio aquí la sinópsis de Terror en píldoras:
«Algo tienen en común literatos como Jan Potocki, Robert Louis Stevenson, Edgar Allan Poe o Arthur Wachen, cineastas como Mario Bava, Federico Fellini, Neil Jordan o John Carpenter… Todos ellos se han visto tentados de contarnos una historia, muchas historias, casi siempre de miedo. Y nos las han contado tal y como ellos las escucharon por primera vez, dirigiéndose a nosotros de viva voz, como si estuviésemos reunidos alrededor de una fogata. En estas páginas proponemos un acercamiento, desde la crítica literaria y el análisis cinematográfico, a la riqueza de la tradición oral. Su influencia en la literatura y el cine, en esas películas episódicas de terror, es innegable. No podemos olvidarnos de películas como Las tres caras del miedo, Historias extraordinarias o En compañía de lobos».

Así ha sido, y mientras la ceniza se va apagando… Sólo me resta decirte gracias David, espero tu próximo libro con interés.

Pilar, desde la agradable soledad de este escritorio, mientras fumo tabaco de liar y apuro la taza de té, agradezco tu interés y la compañía. ¡No hay mejor recompensa a tanto trabajo que tener una lectora como tú! Un abrazote.