martes, 5 de noviembre de 2013

TRABAJOS GANADORES CONCURSOS "SOBRE LITERATURA FANTÁSTICA", 2013.

EL HAMBRE de Cynthia J. Monalvo Martínez




“…quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil
para hacer de ellos miembros cabales y útiles del estado, merecería tanto
agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como
protector de la Nación.”

Jonathan Swift, Una modesta proposición

¿Cuántos baldes de lejía se necesitan para limpiar la sangre de un sacerdote? ¿Cuántos baldes necesitaría para disolver los fragmentos de cerebro, la grasa y los excrementos? El joven dejó de empujar el pesado trineo y se agachó ante uno de los recipientes. Recibió la punzada árida y severa en la nariz con los ojos cerrados: aquel olor lo convencía cada vez más de dejar el cuerpo del padre Mors tan limpio como la losa del monasterio del cual lo había secuestrado, acaso igual o más limpio que el color de la nieve que los circundaba en ese claro de bosque. Miró los dos garfios y las dos cadenas gruesas que había traído consigo, sus propias manos enguantadas contra el frío y las pequeñas huellas que se perdían por entre los árboles hacia la iglesia.
—¡Llegó su hora, cardenal! —dijo en voz alta, y el fardo húmedo que aún yacía en el trineo se estremeció. El joven lo apartó y el padre Mors, quien se retorcía en la ansiedad de la huida, emitió un grito que fue sofocado por una mordaza. Jochen miró por entre las ramas desnudas de unos arbustos, hacia el granero de piedra en donde los frailes guardaban la comida. El cobertizo permanecía en silencio, parcialmente sepultado por la nieve, pero Jochen vio las huellas de pies diminutos y su mano se apoyó en el fardo que llevaba atado a su costado. Con dolor en el pecho, creyó entrever las huellas de barrotes en las únicas ventanas, así como también en la puerta principal.
Extrajo de su cinto un papel que desdobló y colocó ante los ojos desorbitados e inyectados de sangre del hombre: en él se mostraron nombres garabateados por las manos de un centenar de hombres y mujeres que habían desaparecido o muerto en búsqueda de los inocentes.
—¿Dónde están, padre?—preguntó Jochen en voz alta y lenta.
El padre Mors dejó salir un quejido tembloroso y un par de lágrimas se deslizaron a ambos lados de su nariz gruesa y morada de frío. Al amarrarlo y sacarlo de la iglesia aquella madrugada había sollozado el hostem repéllas longius de las oraciones de emergencia, pero Jochen no había mostrado misericordia.
—Por favor… por favor, no grites... —suplicó, pero Jochen insistió mientras amarraba las cadenas en torno a un árbol cercano.
—¡Dígame dónde están!
—No puedo violar mi silencio —murmuró el anciano—. No nos lo perdonarán...
Jochen apretó los dientes, respiró hondo y empalideció. Despojó al sacerdote de la protección de la sábana y descubrió su cuerpo pálido, de extremidades amoratadas y de cicatrices de cilicio en el pecho y los hombros.
—La guerra con los rebeldes nos condenó al hambre y al frío, cardenal —dijo el joven entre dientes—, y las tormentas mataron a nuestros padres. Cientos de nosotros debimos caminar a la única iglesia que quedaba en pie en todo el poblado. A su iglesia, padre. Usted y la abadesa de Opfern nos recibieron con comida y albergue y nos hicieron creer que cuidarían de nosotros…
—¡Y lo hicimos! ¡Los mantuvimos a salvo del enemigo, de la maldita guerra! —exclamó el cardenal Mors, su respiración condensándose en nubecillas blancas, sus ojos en blanco por la tortura del frío asentándose en su cuerpo y provocándole una erupción de capilares rotos en la piel—. Prometimos cuidar del estado, de nuestra gente…
—Una proposición admirable y modesta, ¿ah, padre? —rió Jochen, y arrojó sobre el pecho del hombre el contenido de su fardo: un montón de falanges, metacarpos y fíbulas fragmentadas, de origen que sabía humano por la experiencia y por la carne aún adherida a sus curvaturas—. Totalmente altruista. Si los ha cuidado también, ¿por qué encontré esto en las catacumbas?
—No pudimos salvarlos a todos. Debes entender eso. El hambre… el hambre nos devastó a todos… —murmuró el cardenal, y Jochen supo que sus temores eran fundados. El joven entonces tomó los garfios en sus manos y ojeó los tobillos rígidos e hinchados del hombre tendido en el trineo. Con el mismo gesto de sus antepasados cazadores de osos y renos, Jochen apuñaló con brutal precisión el espacio entre el astrágalo y el calcáneo del pie izquierdo. A pesar de la gangrena y la debilidad de su respiración, el cardenal gritó de dolor. Fue poco después de haber engarfiado el otro pie y preparado el mecanismo de las cadenas que una llovizna de escarcha cayó de los arbustos y Jochen escuchó el crujir de la nieve en la ladera del bosque.
Percibió el celaje de cuerpos ligeros aglomerarse en torno al claro con gran alborozo en el corazón: eran los niños. Soltó las materias de su caza, con el corazón bombeando alborozado ante los cuerpecitos refugiados en el gris de las ramas, en el blanco de los montículos de nieve, en los ramajes del hielo destilando agua a la orilla de posibles caminos entre los árboles. El líder, una criatura desgarbada y de ojos grises como piedras, extendió una mano cubierta de llagas, cauterizada por el frío. En esa mano sostenía un cuenco de barro vacío, en el cual Jochen vio huesillos de pájaro, fragmentos de raíz y hojas primaverales que le parecieron rastros de esperanza.
—¿Qué creen, niños? ¿Cuántos baldes se necesitan? —sonrió Jochen, enloquecido por su suerte de héroe, de rescatador de niños, de rectificador de circunstancias inhumanas. Pero el niño sacudió la cabeza y señaló las escudillas que aguardaban a la vera del camino. Los otros niños, como si obedeciesen una orden no hablada, hicieron lo propio. Entonces el sacerdote, que ya agonizaba sobre el trineo, dijo sus últimas palabras.
—Por favor… por favor, huya…
Jochen escuchó el resorte brusco de una trampa bajo sus pies y su cuerpo se asentó con un crujido sobre los barrotes que los niños habían dispuesto en filas para cazar su alimento.


La autora: Cynthia Montalvo Martínez reside en Utuado, Puerto Rico y actualmente está cursando estudios de maestría en Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce, Puerto Rico. Dos de sus poemas escritos en inglés serán publicados en la revista literaria Multicultural Echoes de la Universidad del Estado de California.



Tuit sobre tema "zombies" de Juan José Fernández Balaguer.



Me seguían decenas de zombies. Conseguí entrar en la cabaña y mi esposa gritó de pánico. Me ví en sus ojos. Ella tenía miedo. Yo hambre.

Copyright:
De los textos presentados a concurso, los autores.
Primera foto: derechos adquiridos en Fotolia.
Segunda foto: realizada en Alcalá de Henares. Es de un mural o graffiti.

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