martes, 5 de noviembre de 2013

«DIARIOS DE AMOR Y MUERTE» DE LUCÍA ARCA SANCHO-ARROYO


Lucía Arca Sancho-Arroyo presenta en Diarios de Amor y muerte: cinco cuentos y un ángel... Y quiero llamar la atención sobre este personaje, por lo especial que resulta, y porque una de sus características es la de la piedad, que como saben va más allá de la justicia. Piedad que no censura, que no busca inocentes ni culpables. La piedad que reconoce cómo son las personas. La piedad que intuye que otra humanidad es posible, y se conduele ante lo frágil de nuestra condición, sin indicarlo siquiera, ni con la pretensión de ofrecer otros caminos, porque la experiencia de cada uno, es única. Ni lo intenta, pues, por ser cómo es, pero también porque entra en juego lo fantástico, lo inverosímil convertido en realidad, aquello que juega a confundirnos con la verdad, mientras las heridas supuran y no cierran o cicatrizan en falso; la vida, en suma, pero también la muerte, sino como deseo como límite ponderable para algunos.
El ángel dice, y así comienza esta hermosa recopilación de cuentos, y los englobo a todos en esa definición, aunque alguno encuadraría mejor dentro de los márgenes del relato, las siguientes palabras:
«Nunca contemplé belleza más sublime que la del ser humano. Pese a su fragilidad, alcanza metas a menudo casi quiméricas. Sin embargo, el observar durante prolongado tiempo a tan gráciles y volubles criaturas ha llevado a más de uno a la locura. Fui un ángel. La complejidad de la humanidad me embriagó de tal modo que decidí cortar mis alas y experimentar lo que bullía sobre la superficie de lo que llaman tierra: la frenética vida». […] «Vi cosas inimaginables aquí abajo. Tan horripilantes como hermosas. Coleccioné vivencias que me hicieron conocer el verdadero dolor, provocando que mis ojos se viesen nublados por algo desconocido para mí en los campos celestiales: las lágrimas, las cuales derramé por cada historia».

Cinco son los cuentos:
El juicio
El extranjero
El fin de la eternidad
Lujuria a medianoche
La última noche

Y la sinopsis dice: «Su error: querer saber. Su castigo: poder sentir». Palabras que representan cabalmente la actitud del ángel.

Hay en esta serie de relatos, en general, una prosa, que en la voz de los personajes nos presenta la realidad, con su crueldad tantas veces deleznable, con sus pequeñas o grandes historias de amor y muerte. A veces, los cuentos se blindan con esa fantasía que hace posible la aparición de vampiros, facilitando esa sensación de que ni la vida ni la muerte son un límite. Y, también, la de que por mucho que uno desee algo, no siempre lo consigue. Para unos, la búsqueda de la eternidad; para otros, acabar con ella, al entrar por fin, en el reino de la muerte.
Como el delicado hilo de un collar, siempre hay una voz que une los relatos, que se eleva y que busca ,y tantas veces halla, ese tono especial: es la voz del ángel, quien se cortó las alas para ver las condiciones en que viven los humanos como un ser humano más. «Llorar cuando estamos tristes, sufrir cuando nos rasguñamos, eso es vida, y si hay vida hay esperanza. Sueños acumulados en el baúl de las cosas por hacer, esperando ser cumplidos y que a menudo acaban yaciendo bajo la lápida que reza “lo que pudo haber sido”». ¿Quién no ha visto esas lápidas? Así se dice en el primer cuento. De parecido significado son las palabras que nos presentan la historia del segundo: «Lo que dijiste, lo que hiciste, lo que pensaste, lo que pudo haber ocurrido, lo que nunca sucederá. Nada importa. Al final de la vida estamos solos, pero incluso en nuestra soledad buscamos estar acompañados». En el primer cuento la violencia, salpica de sangre cada renglón, tal si las imágenes que alguna vez hemos visto en la televisión, esas que envuelven a las víctimas en el dolor más terrible y acerado, y que marcan un antes y un después de un suceso trágico, saltasen —no ya de la pantalla— sino de las conciencias para que sepamos cómo piensan los asesinos. El segundo cuento, nos lleva en una vuelta atrás al pasado, concretamente al año 1843. Se trata de una historia de tintes góticos, con enamorados, vidas difíciles, bosques, y seres mitológicos: «Los sonidos del bosque parecían lejanos. El ruido de las hojas secas al ser aplastadas por las patas de los pequeños animales, el viento azotando las ramas de los árboles y un riachuelo, cuyo fluir constante incrementaba mi sed».
No sé si creen ustedes en algo así como el fin de la eternidad, pero, desde luego para algunos seres, es decir, para algunos de los personajes de estas historias, en su vertiente más fantástica, parece algo imposible de conseguir, como le ocurre a Isadora, una increíble vampira que nació allá por…, pero mejor, escuchémosla a ella: «Nací en 1774, en un pueblecito de la campiña francesa. Un lugar donde el aire olía a hierba fresca, flores silvestres y leche recién ordeñada; un sitio de esos que a muchos les gusta tener retratados en láminas colgando de la pared de su salón, en la campiña». Resulta, que yo no lo sabía, pero los vampiros tienen leyes, y me he podido enterar a través de este cuento de una de esas reglas: «No intimes demasiado con humanos, pues, sus cuerpos se corrompen tanto como sus espíritus». Y es que no cabe duda de que para los vampiros: «Las venas azuladas de los hombres y mujeres que danzaban despreocupados me atraían cada vez más».
Una característica de esta antología es que los cuentos están escritos en primera persona, un modo que tan bien sirve para acercar la historia al lector. También está muy presente la noche, especialmente, en los dos últimos cuentos, pero también en los anteriores, ya sea de forma material o esa otra clase de noche-muerte que es la del alma o la de la conciencia, porque como dirían los griegos, un poco de luz, la justa, por ejemplo la de un rayo en una noche de tormenta, nos permite recordar que el día existe, que la luz lo hará posible al día siguiente. Quizá por eso, los personajes de estos últimos cuentos, derivan entre la realidad y la irrealidad, se bandean entre límites. «No recuerdo absolutamente nada a partir de las tres y media de la madrugada, de hecho, la nada es lo único que llena los espacios que deberían completar mis recuerdos» [...]«Continúo forzando la maquinaria. La tienda, la casa de Yolanda, el sexy barman, y más tarde... fogonazos. Una discoteca, un par de piropos a Susana, tres a Yolanda y unos cuantos más a mí. Una copa como premio. De ahí a otro bar».
Aquí hay cadáveres que no hubieran querido acabar como un cascarón vacío, muertes que se podían o no haber evitado, dolor, amor, vida.
Una obra no tiene que ser extensa, no tiene que llenar mil folios para dejar algo; esta lo consigue, nos toca por dentro, ya sea para acercarnos nuestra frustrada humanidad o nuestra esperanza fatigada. Y si más allá de cualquier intención literaria, hubo o no, el propósito de conseguir que las palabras rocen nuestros corazones, es algo que solo podremos saber tras la lectura. Por esta razón y por varias más, la recomiendo, especialmente.


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