lunes, 23 de septiembre de 2013

«LOS SIETE MENSAJEROS Y OTROS CUENTOS» DE DINO BUZATTI

Por: Pilar Alberdi

Decía Franz Kafka: «A partir de cierto punto no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar».
Es siempre un placer recordar la obra de Dino Buzatti (1906-1972). Tengo en mis manos un conjunto de sus relatos publicados hace tiempo por Alianza Editorial, entre los que se encuentran Los siete mensajeros, Siete plantas, Tormenta en el río, La capa, La matanza del dragón, Noticias falsas, Miedo en la Scala, Una gota, La canción de guerra, El pasillo del gran hotel, Imitaciones superfluas, El hundimiento de la Baliverna, Algo había pasado, El derrumbamiento.
Como las lecturas siempre hablan más de uno mismo que de la obra del escritor, tengo que decir que siento preferencia especial por Los siete mensajeros y por Siete plantas.
Al autor se lo compara muchas veces con Kafka, por la creación de mundos y situaciones absurdas que nos recuerdan nuestra realidad. Sin embargo, son muchos los autores de los años 40 y 50 del siglo pasado que utilizaron el «absurdo», no porque fuese una técnica especial a la que hubiesen llegado tras pasar por distintas etapas artísticas, sino porque la Primera y Segunda Guerra Mundial les obligó a enfrentarse a esa falta de sentido que adquirió la vida. De ahí también el auge del «existencialismo». Utilizaron el absurdo autores tan valiosos como Samuel Beckett o Eugene Ionesco. Ambos nos legaron obras de teatro, sorprendentes, como La felicidad y Esperando a Godot o La cantante Calva y Las sillas, respectivamente.
Los siete mensajeros es un cuento corto que gusta a mucha gente y que nos remite de algún modo a su novela El desierto de los tártaros. La cuestión es la siguiente: parte un príncipe de la tierra de su padre a conocer los territorios del reino que heredará. Selecciona entre los mejores soldados a siete que le servirán de mensajeros y les da a cada uno un nombre que sigue el orden de las letras del alfabeto. A medida que la comitiva avanza, los mensajeros parten a llevar noticias del viaje y a traerlas. Pero cada vez este tiempo de la reunión con el enlace se demora más. Llega un punto en que son 7 años y aún serán muchos más. Son cartas que van y vienen. Probablemente, para quienes son jóvenes y no han necesitado utilizar el correo convencional, tal y como lo conocimos los mayores, les resulte difícil de comprender cuánto se puede desear la llegada de una carta en la que esperamos noticias de seres amados, o cómo las cartas podían cruzarse y había que esperar a la siguiente. Quien lea a los escritores del siglo XX como el grupo de Bloomsbury, sabrá por sus obras (diarios, novelas), y también por otros muchos escritores anteriores y de su época, que entre ellos se enviaban abundante correspondencia diaria.
Añado como curiosidad que a mediados del siglo XX una carta a Sudamérica enviada desde Europa podía tardar quince días. Y en esa época era tan caro viajar en avión que la mayoría de las personas lo hacían en transatlánticos. Hoy,esa misma carta llega en cinco días, y un mensaje por Internet en un instante.
Pero volvamos a la historia de ese cuento, llega un punto en el que el príncipe calcula que el último mensajero que puede enviar al reino de su padre, llegará de regreso treinta y cuatro años después. En ese momento, el príncipe contará setenta y dos años, si es que aún vive. Igual decide mandarlo, y por él sabrá conocerá la notica de que su padre ha muerto, su hermano se sienta en el trono y que a él, viajero incansable, lo dan por muerto.
Como ya no hay vuelta atrás, como no tiene edad para regresar, decide enviar a sus mensajeros hacía adelante, hacía las nuevas tierras a las que podrá acceder o quizá no, de tal modo que aunque no llegase en persona a ellas, tuviese algunas noticias.
Indudablemente este cuento es una alegoría de la vida. Una vez iniciado el camino sólo nos queda el futuro. Y este es el mensaje subliminal que cada uno entiende desde sus experiencia personal.
Otro cuento que me gusta mucho de esta colección es Siete plantas, en una época en donde era común que los médicos enviasen a los enfermos a sanar en balnearios o clínicas especializadas, en el sitio al que acude el enfermo de esta historia, se destina a los pacientes según su gravedad a distintas plantas. Por una serie de situaciones y equívocos, el protagonista que había llegado a la planta de los válidos, acabará en la de los moribundos.
Y si alguien cree que he contado algo se equivoca, porque a estos cuentos de Dino Buzatti, hay que leerlos para disfrutarlos. Son, al menos varios de los que me gustan, como esas novelas en las que el escritor ofrece todos los datos, y sin ocultar nada desde el principio, resulta que por el interés que nos despierta la historia, aún después del final sigue habiendo misterio. Pienso por ejemplo, en ese otro cuento de esta misma colección titulado Tormenta en el río, ahí vemos cómo pasan por la vida las personas, y esa pequeña historia sobre generaciones que se suceden en el tiempo, nos conmueve. Hablan las plantas, los insectos, nos lo dice el narrador con una prosa serena y apacible, mientras nos lleva de la mano hacia la orilla de un río y hacia las pequeñas vidas que lo habitan. Allí, las plantas saben lo que va a pasar, lo que les ocurre a los humanos, lo que ha pasado siempre, que los viejos desaparecen, aunque en esta ocasión comprenderán que no siempre es así. Este tema de las pérdidas también aparece en su cuento La capa.
En resumen, fantasía y realidad ,y sobre todo calidad.

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